Introducción


En los comienzos del cristianismo, no existió pro­piamente una literatura evangélica (o, si se prefiere la palabra, jesunista), y sí sólo relaciones orales, confu­sas, vagas y contradictorias. Mas luego vinieron escri­tos en que se afirmaban opiniones de partidos teológicos, cada uno de los cuales procuraba escudar su doctrina en la autoridad del llamado Cristo, y perjudicar al rival, arreglando esa autoridad a su modo. Las cualidades que la conciencia cristiana daba a aquella figura, se sentían mejor que se definían, y más fácilmente se notaba su necesidad, cuando faltaban, que se describían sus con­tornos, sin caer en la vulgaridad. Naturalmente, si bus­camos el protoplasma evangélico, no en el texto de los Evangelios actuales, sino en los elementos más antiguos que ese mismo texto nos descubre, aunque sin dar sello a cada Evangelio, todo lo que hallamos, y no sólo par­tes, corresponde a una tradición genuinamente judaica. Pero ¿cuál fue esta tradición? ¿Dónde buscar el escrito que fielmente la interprete?

Fuera de los Evangelios mismos, nada de cuanto se llama Evangelio se parece a un relato biográfico. El único libro del Nuevo Testamento que se podría atri­buir a uno de los supuestos doce apóstoles, el Apoca­lipsis, parece natural que fuese el que se extendiese más en recordar los hechos y los dichos de Jesús, cuya fe­cha era aun tan reciente. Todo menos eso. El Apocalip­sis no habla para nada de la ascensión, ni de la resu­rrección, y no nos conduce más allá de la noción de que Jesús, cuya descendencia davídica afirma el autor, fue muerto, y luego llamado a una vida inmortal (1, 5; TI, 8, etc.). A la crucifixión hace una vaga referencia (1, 7), de sabor pronunciadamente mesiánico. La entrada gue­rrera (Apocalipsis, XIX, 11, 16) del Cristo apocalíptico, juzgando y peleando sobre un caballo blanco, contrasta notablemente con su entrada pacífica en Jerusalén so­bre un asno, tal como la describen los evangelistas ca­nónicos. El primer evangelista, con ser el más penetra­do de judaísmo conservador, apenas puede llamarse un judaizante comparado con el autor del Apocalipsis (XI, 2) conserva el templo, no destruye más que la mitad de la población, y convierte a la mayoría de los habitantes. El Cristo-Pascua se ha convertido en la víctima pascual, o en el "cordero inmolado", cuya sangre purifica de sus pecados a los que creen en él. Loisy encuentra en el Apocalipsis la idea que a fines del siglo 1 formaban los cristianos del Cristo en su gloria (idea que parece el re­trato de un dios solar, ajustándonos a las mismas ex­presiones del escritor), y la manera como su carrera te­rrestre era simbólicamente interpretada por medio de las antiguas profecías y de otras imágenes cuya proce­dencia primaria debe ser buscada fuera de la tradición religiosa de Israel. Notables son, en efecto, las formas míticas solares que se hallan en el Apocalipsis, y com­plementarias de otras cuya persistencia en el mundo cris­tiano consigna Guichot. Para este mitólogo, "la natura­leza del Apocalipsis explícanos su importancia en los estudios de teología comparada. No fue admitido el Apocalipsis por los obispos de los primeros tiempos como libro canónico. Pero, en el siglo IV, los Padres lo declararon tal, y los fieles lo leyeron como revelación profética hecha por Jesucristo a San Juan, a fines del siglo I, en la isla de Patmos, lugar de destierro del após­tol, con objeto de que la escribiera para las siete igle­sias principales del Asia Menor, que se pretendía él mismo había fundado. Ha habido muchos comentado­res y varias interpretaciones del Apocalipsis, dividido en 22 capítulos. Unos lo entendieron como poema her­mético, otros como poema literario, los más como pro­ducción emblemática de profecías reveladas, cumpli­das unas y que se cumplirían otras, en cuyas interpreta­ciones, sentido, doctrina, enigma y explicación, se han combatido apasionadamente católicos y protestantes, pero conviniendo en que cada palabra es un arcano y cada forma un símbolo profundo, de donde las dificul­tades para entenderlo. El Apocalipsis es un libro muy interesante, de materia muy antigua, de mítica religiosa predominantemente simbólica, antievemerista y para­bólica, de estilo ardiente y apologético, como de cre­yente que combate por su fe y por su inspiración, y pro­ducto de dos elementos fundidos: el tradicional, mítico, objetivo, que es clara expresión de sus orígenes, y el subjetivo, de la fantasía creadora de su autor sobre los elementos míticos, que es lo que obscurece el sim­bolismo, y dificulta la explicación, por cuya mezcla es extravagante en mitología, y cae en la monstruosidad, mientras que en tropología interesa, y tienen valor. Cuanto a las formas míticas solares que he indicado, se refieren a la aparición de Jesús a San Juan. Jesús se apa­reció en medio de los siete candeleros de oro, con la cabeza blanca como la nieve, sus ojos como llamas de fuego, su rostro como el sol en su fuerza, sus pies como latón fino en horno encendido, de su boca salía una es­pada aguda de dos filos, y a su derecha había siete es­trellas. También la descripción del trono de Dios en el cielo (IV, 2, 8; V, 1, 6, 8, 11, 13) pertenece a aquellas formas. Dice que en el trono estaba sentado uno seme­jante a una piedra de jaspe y de sardónica. Alrededor del trono, lucía un iris de color de esmeralda, y de él salían voces, relámpagos y truenos. Veinticuatro ancia­nos sentados, vestidos de blanco y con coronas de oro, y cuatro animales, león, becerro, águila y uno con cara humana, glorificaban incesantemente a dios. Ante el tro­no brillaban siete lámparas ardiendo y un mar transpa­rente como cristal. El que estaba sentado en el trono portaba en la diestra un libro con siete sellos, que nadie podía abrir más que un cordero, que tenía siete cuernos y siete ojos. Abierto el libro, los ancianos y los anima­les, con arpas y con perfumes, y millares de ángeles, cantaron la gloria del cordero, y adoraron al que estaba sentado en el trono".
Encontrar el primer cristiano, es empresa mucho más fácil que encontrar el primer evangelista. En esta mate­ria, conviene llamar la atención sobre un asunto de la mayor importancia para los investigadores, a saber: que los Evangelios conocidos no son originales, sino sim­ples excerpta, hechos para el uso privado e interno de fecha incierta, por lo cual es preciso mucha cautela para no incurrir en errores cronológicos, al manejar estos do­cumentos. ¿Quién, en cambio, no está autorizado para calificar de cristianos, en toda la extensión de la pala­bra, a Hillel, a San Juan Bautista o a cualquier figura sectaria de los esenios, de los terapeutas, de los naza­renos, o de otra escuela judaica anterior a la fecha ca­nónica de Jesús? Filón es todavía algo más que un cristiano en este sentido, pues es casi un evangelista calificado, y Focio opina que de él procede el lenguaje histórico de la Escritura. No está exento Filón de frases de sabor evangélico, ni falta en su sistema la fundamental concepción del reino de los cielos, que, desde Jesús o antes de Jesús, presidía la moral trascendente de los judíos helenistas y de los terapeutas. Los mismos exé­getas católicos reconocen que, para comprender la uti­lidad de Filón como guía de interpretación, basta ob­servar que, de igual modo que Josefa, era contemporá­neo de los apóstoles, y que los dos escribieron en grie­go. Filón era un verdadero helenista y gran partidario de la interpretación alegórica, y su modo de escribir se asemeja mucho al de San Pablo, por lo cual sirve tanto su lectura en la explicación de las palabras del Nuevo Testamento. Blavatsky observa que, cuando las concep­ciones del segundo gnosticismo, que convertían el Cristo en el Logos, empezaron a ganar terreno, los cristianos primitivos se separaron de los nazarenos, los cuales acu­saban a aquellos de pervertir la doctrina de Juan el Bautista, y de desnaturalizar su rito simbólico. Directamen­te, a medida que el Evangelio se esparcía más allá de las fronteras de Palestina, y el nombre de su protago­nista adquiría santidad y veneración en las ciudades orientales, se convertía en una especie de personifica­ción metafísica, al paso que la buena nueva perdía su aspecto puramente social, y tomaba un carácter ética­mente teosófico. El único documento medio original que nos queda de este ciclo, son los AOyta de San Mateo y los npaxoeyta de San Marcos, especialmente los pri­meros, que quizá constituyeron la trama del Evangelio de los Hebreos o Nazarenos. Si San Jerónimo confesa­ba ser para él " un trabajo difícil de ejecutar", la inter­pretación del significado de los largos discursos conte­nidos en el Evangelio de San Mateo, ello se debe a que, en este Evangelio y bajo la forma de las sentencias de Jesús, mencionadas por Papias, se encerraba la real y legítima doctrina secreta, tal como en manos de los nazarenos se conservaba. Aquellos Aoyta o discursos secretos, reveladores de algunos ritos y símbolos im­portantes. Si de otro modo hubiera sido, ¿con qué idea hubiera el autor de aquel Evangelio tomado tantas pre­cauciones para mantener sus revelaciones secretas?
En previsión de que algún lector o algún crítico me reproche el no haber traducido más literalmente de lo que lo hago los escritos que componen esta colección. ¿Podría atreverme a tal, sin desnaturalizarlos por com­pleto? ¿Iba a permitirme una licencia que no se permi­tieron exégetas y traductores de la talla de Orígenes, San Jerónimo, Arias Montano, Juan de Valdés, Cipriano de Valera, Scio, rosenmüller, Estcott, etc? A la cortesía de los que consulten mi versión dejo que la juzguen como mejor les pareciere. Más no olviden que, en los Evangelios apócrifos, como en los canónicos y como en todos los libros de la Biblia, las incorrecciones de la forma se corresponden con las contradicciones del fondo, con los rasgos enojosos y pueriles, con los detalles vulgares, exagerados e insignificantes. Borrar lo prime ro, no sería más lícito, hermenéuticamente hablando, que suprimir lo segundo. Y, en lo primero, hay que resignarse a soportar con paciencia la lectura de escritos llenos de modismos extravagantes, construcciones libres, significados contrahechos, sentidos voluntarios, expresiones caprichosas, tropel de dichos amanerados, figuras sin arte, palabras inútiles, voces confusísimas, lenguaje, en fin, propio de gente que, echada la capa al mar de la propaganda religiosa y de la edificación de los prosélitos, vase de rienda tras la musaraña de cuentos idealmente piadosos, pero carentes de toda humana realidad y de toda histórica verosimilitud. Hace cerca de dos siglos que el docto Fréret (1688 a 1449), uno de los más eminentes filólogos y orientalistas de su época, y el que mejor supo aplicar la filosofía a la erudicción, según frase de Turgot en su Etymologie, escribió, al margen de sus numerosos trabajos de crítica histórica, uno de crítica religiosa, que por cierto no figura en la edición de sus Euvres completes: el Examen critique des apologistes de la religion chré
tienne. Y, en el capítulo XII, al hablar de los motivos para creer en los milagros y en cada uno de los que se refieren en los Evangelios canónicos, pierde largamente Fréret que cada cual se asegure por demostración de la autoridad de tales libros, y también de que las pruebas de que son auténticos exceden en firmeza a cuanto han dicho las demás sectas cristianas en favor de sus Evangelios respectivos, para Hamados inspirados. Conforme a tari sano criterio, Fréret examina los' Evangelios, oponiendo a la autenticidad de los reputados verdaderos los muchos reputados falsos que corrían desde un principio. "Es (decía) un hecho cierto, reconocido por todos los sabios, confesado por los defensores del cristianismo, que, desde los primeros tiempos de ]a Iglesia, y aun desde los de ]a fecha misma de los libros de] Nuevo Testamento, se publicaron una multitud de escritos falsamente atribuidos, ya a Jesús, ya a ]a Virgen, ya a los apóstoles, ya a los discípulos. Fabricio, que recogió cuantos pudo reunir, cuenta hasta cincuenta con e] solo título de Evangelios, y un número mucho mayor bajo diferentes títulos. Cada uno de estos escritos tenía en aquel tiempo sus partidarios. De aquí resulta con evidencia que, entre los cristianos de aquel tiempo, unos eran trapaceros e impostores, y otros, hombres sencillos y crédulos. Si con tanta facilidad se logró engañar a estos primeros fieles, y si tan factible era inducirles a ilusión con libros supuestos, ¿en qué vienen a para todos los sofismas con que se pretende demostrar la imposibilidad de una suposición con respecto a los Evangelios canónicos'? En medio de tamaño caos de libros publicados a un mismo tiempo, y todos recibidos entonces con respecto, ¿cómo podremos ahora distinguir los que eran auténticos y los que no lo eran'? Pero lo que hace aun más imposible esta distinción, es que vemos citados con veneración por los primeros Padres de la Iglesia los Evangelios apócrifos. Las Constitutiones Apostolicae, San Clemente Romano, Santiago, San Bernabé y aun San Pablo, citan palabras de Jesucristo tomadas de esos Evangelios. Hay más, y es que no vemos que los apologistas de la secta que quedó dominante, hayan conocido los cuatro Evangelios que se han conservado como canónicos y auténticos. Hasta San Justino, no se haHan en sus escritos más que citas de Evangelios apócrifos. Desde San Justino hasta Clemente Alejandrlno, los Padres se sirven de ]a autoridad, ya de los Evangelios supuestos, ya de los que ahora pasan por canónicos. Finalmente, desde Clemente Alejandrino, estos últimos triunfan, y eclipsan totalmente a los demás. Es verdad que, en los primeros Padres, se ven algunos pasajes semejantes a las palabras de los actuales Evangelios. Pero ¿de dónde consta que están tomados de ellos? San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan, no están nombrados, ni en San Clemente Romano, ni en San Ignacio, ni en otro alguno de los escritores de los primeros tiempos. Las sentencias de Jesucristo, que estos Padres repiten, podían haberlas aprendido de viva voz por el canal de la tradición, sin haberlas tomado de libro alguno. O, si se quiere que hayan sido tomadas de algún Evangelio esas palabras, no hay una razón que nos obligue a creer que se tomaron más bien de los cuatro que nos quedan, que de los muchos otros que se han suprimido. Los Evangelios que se han reconocido como apócrifos, se publicaron a] mismo tiempo que los que pasan por canónicos, y de ]a misma manera y con igual respeto se recibieron, y con idéntica confianza, y aun con preferencia, se citaron. Luego no hay un motivo para creer en la autenticidad de los unos que no milite, a lo menos con igual fuerza, en favor de la autenticidad de los otros. Y, puesto que éstos han sido, evidente­mente y por confesión de todos, unos escritos supues­tos, nos hallamos autorizados para creer que aquellos han podido serio asimismo".
Es indiscutible lo que Fréret asienta. Hacia el final del siglo n, la literatura evangélica o jesunista parece agotada. Pero el canon documental del cristianismo, si bien tiene en su pro la autoridad de los tres grandes doc­tores de la época. Clemente Alejandrino, San Ireneo y Tertuliano, dista mucho de haberse establecido definitivamente. Al lado de los escritos canónicos, circulaba un número considerable de Evangelios, los de los He­breos, de los Egipcios, de San Pedro, de San Bartolomé, de Santo Tomás, de San Matías, de los Doce Apósto­les, etcétera,. Evangelios que no eran de uso exclusivo de las sectas llamadas heréticas, y de los cuales se ser­vían los doctores ortodoxos más de una vez. Pero, des­de comienzos del siglo ID hasta la celebración del Con­cilio de Nicea, el año 325, las autoridades eclesiásticas se inclinaron a la admisión exclusiva de los cuatro Evan­gelios simétricos, sobre los que, aun los Padres de la Iglesia de más sentido crítico, pensaban lo siguiente: 1) que el Evangelio de San Mateo era una colección de sentencias, discursos y parábolas de Jesús, hecha por su autor en lengua aramea, y anterior al relato de San Marcos, y que el Cristo mismo eligió a aquel apóstol para que fuese testigo de los hechos, y para que diese de ellos un testimonio público, poniéndolo por escrito; 2) que San Marcos, discípulo e intérprete de San Pedro, a quien acompañó a Roma el año 44 de Jesucristo, re­dactó, en forma de Evangelio, un resumen de la predicación de su maestro, a instancias de los fieles que a éste habían oído, y que el apóstol lo aprobó, y mandó que se leyese en las iglesias como escritura auténtica; 3) que San Lucas, discípulo e intérprete de San Pablo, hizo lo mismo con la predicación del gran evangelizador de los gentiles, y que su obra lleva todos los caracteres de la certidumbre; 4) que San Juan escribió sobre Jesús pasado ya de los noventa años, con objeto de confundir a los herejes gnósticos, y que su Evangelio, como el de San Mateo, es el de un testigo de mayor excepción. En suma: de los cuatro evangelistas, se suponía que dos de ellos, San Marcos y San Lucas, escribieron de oídas lo que les contaron San Pedro y San Pablo, respectivamen­te, y, de los otros dos, se suponía que referían los he­chos como testigos. Ambas suposiciones atravesaron el tiempo y el espacio, tanto en el catolicismo como en el protestantismo, llegando hasta últimos del siglo XVIII, en que algunos sabios de la última religión empezaron a dudar de que tales suposiciones fueran verosímiles. La primera duda recayó sobre que fuera escrito por or­den de Cristo el Evangelio de San Mateo. Recordóse que, según San Epitanio y San Juan Crisóstomo (que, por lo demás, vinieron al mundo algunos siglos más tar­de), San Mateo escribió su Evangelio, no por orden del Cristo, sino "a ruegos de los judíos convertidos, y como seis años después de la muerte del Señor". No se vió inconveniente en que hubiese escrito su libro en arameo, pero se descubrió que de él circularon varias traduccio­nes griegas, algunas muy antiguas, con numerosas fal­tas, bastante esenciales algunas de ellas, sin que se lo­grase averiguar quién hizo la primera traducción grie­ga, ni quién sacó del griego la versión latina. Surgieron nuevas dudas, y se juzgó aventurado creer que posea­mos realmente la colección de sentencias, discursos y parábolas de Jesús escrita por el apóstol San Mateo. Muy particularmente empero, fue Lessing quien, con su nueva hipótesis sobre los evangelistas considerados como sim­ples historiadores humanos, estatuyó: 1) que Papias se había equivocado al atribuir a San Mateo un Evangelio hebraico, que cada cual habría traducido desvió el nom­bre de San Mateo del primer redactor griego, y no de la tradición; 3) que San Mateo había dado simplemente un extracto del Evangelio de los Nazarenos; 4) que este último y más antiguo Evangelio apócrifo, denominado también de los Hebreos (dos nombres que sin cesar se vienen a la pluma de los Padres más antiguos para de­signar un solo y mismo escrito), se llamó así, por los lectores a que estaba destinado; 5) que se llamó asimismo Evangelio de los Doce Apóstoles, por las auto­ridades primeras, cuyos relatos reproduce; 6) que erró­neamente se atribuyó a San Mateo ese Evangelio, sali­do de las tradiciones de las iglesias cristianas de Galilea, arreglado en adelante muchas veces, y acomodado a los progresos que iba haciendo el dogma. A van7.ando por este camino, la investigación llegó a que nuestro primer Evangelio ha sido, en efecto, formado por un inge­nioso redactor, que añadió a un plan nuevo, y según un interés apologético preciso, el resumen de San Marcos y los primitivos logia de San Mateo, no sin agregar cier­to número de tradiciones orales, que, precisamente por ello, a los ojos del crítico disfrutan de menor crédito. El Evangelio mismo no anuncia en parte alguna ser obra de San Mateo. Aunque éste figure en el catálogo de los apóstoles, lo cita sólo una vez, dando el nombre de Mateo (IX, 9) al sujeto sentado en la casa en que se cobraban los impuestos, al que los otros dos Sinópticos llaman Levi, y del cual se hizo seguir Jesús, y esto es todo, pues San Mateo no desempeña un papel privile­giado. Como diría más tarde Strauss, nuestro primer Evangelio es más petrista que el de San Marcos, el su­puesto discípulo e intérprete de San Pedro. Más que nin­gún otro Evangelio, y desde el principio hasta el fin, el de San Mateo reserva a San Pedro el papel de príncipe de los apóstoles, pero, según cierto rumor recogido por muchos Padres de la Iglesia, San Mateo pasaba por ser uno de los dos que habían anunciado el Evangelio a los judíos, y, en su calidad de antiguo publicano, parecía más apto que nadie para servirse de la pluma, lo cual era bastante para unir su nombre a un Evangelio del que no había escrito una línea. Investigaciones poste­riores a Lessing, llevadas acabo por Schulz (1832), Sche­nekenburger (1834) y otros, acabaron de desvirtuar la autenticidad del Evangelio de San Mateo, y de negarle su autoridad de obra apostólica. Y con gran profundi­dad y discreción observó Schulz que no puede ser un hombre apostólico quien se cuida de hacer figurar la remisión de los pecados en las palabras con que Jesús instituye la Cena. Para Schleiermacher, es un argumen­to poderoso contra San Mateo el hecho de que, a partir del capítulo IX, en que refiere su vocación, el apóstol tan sugestivamente reclutado en el telonio de las con­tribuciones no cambia de tono en lo que escribe. No obstante empezar a compartir los trabajos y la fortuna del maestro, no es su narración más animada, más nu­trida, más rica en circunstancias. Se prolonga sin dife­rencia sensible con la anterior, por un método igual­mente sumario y con indicaciones tan vagas de lugar y de tiempo como antes. Su procedimiento no es el de un testigo ocular, sino el de un autor que saca de la tradi­ción datos más o menos borrosos y en cierta manera desmonetizados por la usura del tiempo. Este racioci­nio del ilustre pensador alemán tiene mucha fuerza a nuestro propósito. ¿Cómo, además, explicar, de modo medianamente satisfactorio que el evangelista ponga en boca de Jesús largos discursos, haciéndole decir de una vez lo que, por su incongruencia, ofrece evidente señal de corresponder, en caso de historicidad, a ocasiones distintas? Tal se nota en el Sermón de la Montaña del capítulo VII, en las instrucciones a los apóstoles del X, en el gran discurso contra los fariseos del xxm, y en las siete parábolas del XIll. Igual anomalía ofrece la duplicación de personajes y de acontecimientos: dos ciegos, dos leprosos, dos poseídos, dos comidas mila­grosas. Añádase todavía la ignorancia de diversos acon­tecimientos de que un apóstol debía estar informado, si se concede crédito a los otros tres evangelistas: la elec­ción de los setenta discípulos, la ascensión visible, los viajes de Jerusalén por las fiestas (San Mateo no con­signa más que uno, San Juan tres), y la resurrección de Lázaro. Claro es que, así apreciados los hechos, se ve, con perfecta luz y con convicción indiscutible, cuán in­motivada y deleznable es la exagerada autoridad que de antiguo ha venido concediéndose al primero de los Sinópticos. .
Es imposible determinar qué autenticidad poseen los Evangelios oficialmente consagrados por la Iglesia, por más que los seguidores del canon ortodoxo les atribu­yan autoridad absoluta sobre los apócrifos o desecha­ dos, los cuales estiman muy posteriores y de ningún precio, por los lances mitológicos que contienen. Pero ¿en qué fundaban su preferencia los Padres? ¿Por qué redujeron a cuatro los Evangelios admisibles? Oigamos a San Ireneo: "El Evangelio es la columna de la Iglesia, la Iglesia está extendida por todo el mundo, el mundo tiene cuatro regiones, y conviene, por tanto, que haya también cuatro Evangelios... El Evangelio es el soplo o viento divino de la vida para los hombres, y, pues que hay cuatro vientos cardinales, de ahí la necesidad de cuatro Evangelios... El Yerba creador del universo rei­na y brilla sobre los querubines, los querubines tienen cuatro formas, y he aquí por qué el Yerba nos ha obsequiado con cuatro Evangelios". El lector discreto observará que estas extrañas demostraciones no se pa­recen a las de Euclides. Absurda y levantada contra toda razón de crítica sensata es la singular argumentación de San Ireneo, que no hace más que dar consagración sub­jetiva a un hecho consumado en su tiempo, pero cuyos motivos no eran, ciertamente, aceptables. Porque, al tra­zar su supuesta biografía de Jesús, los evangelistas ca­nónicos, ni más ni menos que los apócrifos, colabo­raron con la tradición, y engrandecieron los hechos, consignando las preocupaciones tea lógicas del tiempo en que escribían más bien que las de aquel que en sus novelas apocalípticas relataban. Además, los que pre­tenden probar la autenticidad de los cuatro Evangelios canónicos, por el hecho de haberlos recibido universal­ mente la Iglesia desde los primeros siglos, ignoran u olvidan que ese hecho no es exacto. Por los escritos de muchos Padres de la Iglesia, vemos que algunos de aquellos Evangelios (como otros varios libros del Nuevo Testamento canónico) estuvieron largo tiempo sin ser recibidos, Y sin ser tenidos por de los autores con cuyo nombre corrían en el seno de ciertas sectas cristianas.
Únicamente después de muchos años vinieron a reco­nocerse por canónicos los Evangelios cuya autoridad no había sido hasta de entonces reconocida, ¿Y podrá fundarse en esto alguna certeza? Ya Holbach, en el pró­logo a su Histoire critique de Jésus Christ, recordaba que fue el Concilio de Nicea, el año 325 (refrendado, en este punto, por el Concilio de Laodicea, el año 363), el que hizo la separación de Evangelios canónicos Y Evangelios apócrifos, Y el que, entre una cincuentena que a la sazón existían, escogió solamente cuatro, dese­chando los demás. Un milagro, según cuenta el autor anónimo de la obra intitulada Libelus Synodicus, deci­dió de la elección. Empero, prescindiendo de que se trata de un autor desconocido, visionario e ignorante, Y de una obra nena de fábulas, errores, anacronismos Y ba­gatelas, desestimada de todos los críticos, Y de la cual nadie ha hecho jamás ningún uso, como nota Harduino, al final del tomo V de su Collectio Conciliorum: pres­cindiendo, repito, de este origen sospechoso del mila­gro, hay que apuntar también sus diversas Y extrañas versiones, a cual más absurda. Según una versión en fuerza de las oraciones de los obispos, los Evangelios inspirados fueron por sí mismos a colocarse sobre un altar. Conforme a otra versión (más grosera y tan im­prudente, que llevó a los racionalistas a asegurar que el altar se hallaba dispuesto artificiosamente y con deli­berado propósito), sc pusieron todos los Evangelios, canónicos y apócrifos, sobre el altar, y los apócrifos cayeron bajo él. Una tercera versión da la variante de que sólo se pusieron sobre el altar los cuatro Evange­lios verdaderos, y que los obispos, en sentida y fervien­te plegaria, pidieron a Dios que, si en alguno de ellos hubiese una sola palabra que no fuese cierta, cayera aquel Evangelio al suelo, lo que no se verificó. ¡Mila­gro por cierto bien fácil de conseguir, y cuya candidez raya en lo bufo! Pero más inocente es todavía su cuarta versión, la cual, cambiando el aparato de las anteriores, afirma que el mismo Espíritu Santo entró en el Conci­lio en figura de paloma, que ésta pasó a través del cris­tal de una ventana sin romperlo, que voló por el recinto con las alas abiertas e inmóviles, que se posó sobre el hombro derecho de cada obispo en particular, y que empezó a decir, al oído de todos, cuáles eran los Evan­gelios inspirados. En verdad que, aliado de semejantes desatinos, las citadas fantasías de San Ireneo merecen disculpa casi respetuosa, pues representan, a lo me­nos, cierto esfuerzo acomodaticio para dar validez teó­rica a la reducción a cuatro del número de los Evange­lios verdaderos.
Ni vale porfiar que los Evangelios apócrifos, en vez de fijar la tradición oral, como los canónicos, dándole el sello de imperecedero, la desfiguraron con multitud de adiciones y de ficciones ridículas. Algunos Evange­lios apócrifos abundan en enseñanzas más humanas que las de los Sinópticos, y en milagros verdaderamente bellos y muy superiores a los referidos en San Marcos. En uno de los Evangelios apócrifos de la Infancia, da Jesús una hermosa y práctica lección a su maestro. Qui­so el futuro Cristo ir a la escuela, y fue conducido a ella. "Cuando el maestro vio a Jesús, escribió un alfa­beto, y le mandó que pronunciara Aleph. No bien Jesús lo hubo hecho, le mandó que pronunciara Beth. Mas Jesús le dijo: Infórmame primero de lo que significa Aleph, y entonces pronunciaré Beth". Verdad es que algunos redactores estropean tan discreto episodio, ha­ciendo que Jesús explique a continuación a su precep­tor el sentido místico del alfabeto, y que, con sus pre­guntas, confunda a sus instructores todos, mucho antes de cumplir los diez años. Comoquiera, en estas fábulas de inspiró, sin duda, San Lucas (IT, 42, 50) para su rela­to de la conversación del niño Jesús con los doctores del templo. Pero el tercer evangelista es más moderado (da doce años a Jesús), y su relato en nada excede de lo que el historiador judío Josefo cuenta de sí mismo, y del efecto que produjo, desde la edad de catorce años, con sus conocimientos y con su madurez de juicio.
Es de una gracia verdaderamente infantil la leyenda de Jesús y de los leones. Por el camino de Jericó al Jordán, cerca del río, había una caverna habitada por una leona y sus cachorros. El terror se había apoderado de la vecindad, y nadie se atrevía a pasar por allí. El niño Jesús, a fin de tranquilizar a los habitantes, fue a la caverna, y penetró en ella. Los cachorros se pusieron a brincar, y a lamerle sus manos divinas. Viejos leones llegaron, mirando al pequeño con ternura. En la ciudad prodújose gran emoción. ¿Qué le habrá pasado al niño Jesús? Lo habrán devorado los leones. Todo el mundo se decía esto, pero nadie se movía, pues el miedo se había apoderado de todos. Y he aquí que el niño reapa­rece, seguido de un cortejo de leones, jóvenes y viejos, pero todos dóciles y acariciadores. Jesús anuncia al pue­blo que las grandes fieras son más inteligentes que los hombres, porque saben reconocer a la Divinidad. Des­pués, el niño se dirige a los leones, y les exhorta a no comerse a los hombres, que también se volverán sabios. Dicho lo cual, Jesús vuelve al lado de su madre.

Pero ya se indicó más arriba el límite que alcanza esta superioridad de los Evangelios apócrifos, y cómo no llegará nunca a destruir lo que, en definitiva, impor­ta: el carácter mítico de Jesús, cuya figura, en ellos pre­cisa y principalmente, es la de un traumaturgo encombrant en francés, yen español insoportable. El lado prác­tico de la actividad de Jesús, consistente en el cumpli­miento de los milagros, los Evangelios apócrifos colócanlo en su primera niñez y en su primera juven­tud. El Evangelio de Santo Tomás, en los capítulos II, III y V, abre, en el quinto año de la vida de Jesús, el relato de sus milagros, y el Evangelio árabe de la Infan­cia, en los capítulos X, XXXVI Y XL VI, llena el viaje a Egipto de una multitud de milagros, que la madre de Jesús opera con ayuda de los pañales de su hijo, o del agua que servía para lavarle. Los milagros que, según estos Evangelios apócrifos, hace Jesús, niño y adoles­cente, son análogos a los del Nuevo Testamento (cura­ciones de enfermos y resurrecciones de muertos), pero los otros son de un tipo diametralmente opuesto a los de los Evangelios canónicos, conviene a saber: casti­gos espantosos que paralizan los miembros, y que has­ta destruyen la vida de todo el que se muestre contrario al niño Jesús, o fantasías extravagantes, tales como la vida dada a gorriones formados con barro, y el hablar en la cuna, declarándose hijo de Dios. El Codex de Thilo, en su tomo 1, abunda en esta erudición bíblica, propia de la literatura apócrifa, y nos trae la conclusión de que no hubo tal niño Jesús hacedor de milagros, y que todo se debió a la necesidad de llenar las lagunas de la leyenda, otorgando al protagonista evangélico, desde su puericia, la preeminencia y la dignidad mesiánicas. Ninguno de esos milagros es verdaderamente histórico, y los evangelistas apócrifos los tomaron de la literatura popular pagana, como los evangelistas canónicos saca­ron el Nuevo Testamento del Antiguo. Y es, en verdad, casi portentoso que tales cosas hayan sido escritas. Pero "nada hay, ni en leyenda, ni en poesía, que las supere. De aquella brumosa edad han llegado a nosotros como dones incomparables de belleza. Sea o no verdad que ello sucediera, los retratos de María, de José y de Jesús, en el establo de Bethlehem, representan lo más grande y lo más sublime que el hombre haya jamás pintado. La historia de los reyes magos, que siguen a la estrella, y que ofrecen sus presentes al niño, es poesía de la más tierna y de la más exaltada. si nos la robaran, perdería­mos lo mejor que poseemos en el orden espiritual, y nos la están robando los que quieren que creamos que todo aquello es históricamente verdad. ¿Acaso importa? Es una gema de belleza, y las almas de los hombres necesitan el purificador y fortificante poder de la belle­za, de la imaginación y del ensueño, para no marchitar­se y morir sobre los desnudos hechos de la historia".

Entre los sabios sensatos y circunspectos, no se abri­ga ya hoy duda alguna de que los Evangelios no son escritos apostólicos, ni históricos, y que sus narracio­nes pertenecen al mundo de la fábula. Porque, ni los apóstoles escribieron una sola palabra, ni hay libro que tenga traza de ser suyo. Los escritores anónimos de los Evangelios, a los cuales la tradición su uso apóstoles, lo eran, sin duda, en el sentido de propagandistas de la nueva fe, mas no en el de discípulos directos e inme­diatos del Cristo. Lo que de ellos nos ha quedado, lo debemos a la tradición contenida en libros compilados mucho tiempo después de la fecha canónica de Jesús. Tales libros eran tan numerosos como diversos en sus tendencias, y las muchas sectas que componían el cris­tianismo primitivo los confeccionaban sin apoyarse en testimonios de' testigos oculares, en datos de primera mano, en hechos ciertos y fidedignos. Su valor históri­co es, por ende, nulo, y su gran cantidad a una sus no­torias diferencias narrativas y convierte la literatura evangélica en un verdadero caos. Pretender poner or­den en este caos, paréceme como empeñarse en meter en el puño un arrebatado río con toda la furia de su co­rriente. De forma que de los Evangelios, canónicos o apócrifos, no puede colegirse con certeza, ni cuándo Jesús predicó, ni cuál fue el tema de sus sermones, ni qué portentos hizo, especialmente que los textos, en medio de muchas y hermosas anécdotas y parábolas, andan llenos de sucesos inverosímiles, ridículos y ab­surdos. Su primitivo objeto parece haber sido servir de escritos exhortatorios a los cristianos de las diferentes sectas dominantes, y ahí radica su mayor interés. Pero carecen de autenticidad, y no se puede formar de ellos cabal concepto, pro hallarse la ficción y la leyenda mez­cladas en la narración. Por eso, los evangelistas no lo­graron presentar de Jesús una imagen consistente, ho­mogénea y claramente cincelada. Y, si advertimos que todo su trabajo estribaba en la tradición, la cual había corrido mucho tiempo expuesta a grandes averías, y que demasiadas manos se dedicaron a esa labor en distintas épocas, ¿quién será tan crédulo que conceda gran auto­ridad a semejantes escritores respecto de las cosas evan­gélicas, autoridad inferior a la de Plinio o Tito Livio respecto de los primeros reyes romanos? Si la crítica llenó de dudas la historia romana primitiva, y la relegó a la categoría de las fábulas poéticas, hasta suponerla sacada sencillamente de ejercicios de retórica, ¿qué mucho que haya hecho lo mismo con la historia cristia­na primitiva, que aun ofrece menos garantías de verosi­militud? Así como los supuestos reinados de los prime­ros tiempos de Roma se dedujeron de los poemas na­cionales, y así como, en los monasterios de la Edad Media, se daba a los estudiantes, como ejercicio, la com­posición de vidas elogiosas de los santos, tomadas pos­teriormente por historias verdaderas, del mismo modo el Nuevo Testamento se calcó sobre los mitos del Anti­guo, y la mayor parte de los relatos evangélicos (y, en general, neotestamentarios) debieron su origen a la cos­tumbre, vigente en las diversas sectas cristianas, de ha­cer panegíricos escritos de los héroes consagrados por la tradición oral, y de conservar las composiciones que se juzgaban mejores.

Entrando ahora de lleno en la determinación posi­ble de la cronología respectiva de los Evangelios canó­nicos, surge, cOmo cuestión obligada, la de saber a cuál de los dos más antiguos Sinóptic:os corresponde la prio­ridad. La ortodoxia, basándose en que San Mateo era quien sabía mejor las cosas, por haberlas visto, o por testimonios muy recientes, consideró su Evangelio como escrito el primero de todos. Modernamente, por el con­trario, muchos de los mejores exégetas se han opuesto a esa pretensión, no viendo más que dos fuentes pro­piamente dichas de los Evangelios, San Marcos y la tra­dición oral, y dando la preferencia a ese Evangelio como dato más antiguo de la historia del Cristo. Aun los que rechazan esa hipótesis, y, avanzando más, hablan de una fuente escrita (diferente de nuestro San Marcos presen­te o de su autógrafo), como fundamento de la materia común a los tres Sinópticos, reconocen, sin embargo, que la forma más sencilla de tal materia se conserva todavía en el San Marcos canónico. Por mi parte, admi­tiría también algo semejante, si la hipótesis a que aludo no tropezase con graves dificultades críticas. Es incier­ta, sin duda, la fecha de su redacción, y tampoco sería justo alterar el orden del canon en sentido contrario al que campea en las dos opiniones mencionadas, sólo porque, a primera vista, el Evangelio de San Marcos casi nada ofrezca de original, y porque, en sus diez y seis capítulos, casi todo concuerde con los relatado por los otros dos Sinópticos, especialmente por San Mateo.
Empero, deducir de ahí (como ya San Agustín en parte lo intentó, en su tratado De consensu evaliRelistarum) que San Marcos es un documento posterior y una espe­cie de resumen de San Mateo y de San Lucas (del pri­mero más sumen de San Mateo y de San Lucas (del primero más que del último), me parece que es ir dema­siado lejos. Pesadas las cosas con la debida imparciali­dad, no puede cuestionarse que los Evangelios actua­les (dejando a un lado sus primitivas redacciones, que ya no existen) aparecen como simples misceláneas, en que los documentos originales se amalgamaron sin nin­gún esfuerzo de composición, y sin que, de parte de los autores respectivos, se manifestase y se descubriese nin­gún punto de vista personal. Ni es menos indiscutible que las numerosas semejanzas entre San Mateo y San Lucas no impiden que sus Evangelios sean, en definiti­va, independientes en partes muy esenciales de sus na­rraciones, ni que cada cual tenga partes que le pertene­cen exclusivamente, ni que la ordenación no sea igual en las mismas partes comunes, precisamente por repre­sentar el último, respecto del primero, un estado de com­binación voluntaria y de redacción reflexiva, en que se adivina el esfuerzo hecho para combinar diferentes ver­siones anteriores.

¿Y para cuando guardas la sobriedad?, se me dirá ¿O es tu crítica una simple y sistemática demolición, que a ningún resultado positivo llega? La contestación no es difícil. Yo busco, ante todo, épocas, no hombre:.. y sacrifico el autosoterismo de las obras al carácter co­lectivo de las creaciones del espíritu humano, carácter que nos permite apreciar mejor su origen social. Y, al obrar así, creo hallarrne con los secuaces de los más orientados métodos. La crítica platónica se ha ennoble­cido desde que se ha dejado de considerar las cartas atri­buidas al discípulo de Sócrates como auténticas, y se ha visto en ellas expresiones exactas de las opiniones políticas que circulaban entonces por el an1biente grie­go. De igual modo, el interés de la crítica del cristianis­mo primitivo reside menos en que sean o no apócrifas las epístolas del apóstol de las gentes, que en que sean indudablemente de aquellos tiempos, y en que estén escritas por personas bien informadas. Considerado de esta suerte, creo yo que el cristianismo primitivo nada pierde de su majestad. Pero si alguna duda pudiera quedar, y si algún remordimiento crítico pudiera asaltarme en el sostenimien­to franco y tenaz de mi hipótesis, una y otro se desvanecería ante la consideración de haber salida do desva­necerían ante la consideración de haber salido de talle­res también gnósticos los demás Evangelios apócrifos de que conservan memoria los anales patrísticos. Por­ que hasta aquí me he ocupado de los Evangelios apó­crifos, que, íntegros o en fragmentos, han llegado hasta nosotros. Pero mi exposición crítica quedaría incom­pleta, si no hablase de aquellos otros Evangelios apó­crifos, cuya existencia nos consta por las noticias que de ellos dieron los Padres de la Iglesia, y cuyos origi­nales, perdidos por completo, o destruidos por el cato­licismo triunfante, no han advenido a poder nuestro.
Tales son el Evangelio de los Hebreos, el Evangelio de los Nazarenos, el Evangelio de los Doce Apóstoles, el Evangelio Viviente (relacionado en parte con el de los Egipcios), el Evangelio de la Perfección (citado por San Epifanio como uno de los Evangelios gnósticos más condenables), el Evangelio de Apeles (derivado del de su maestro Marción), el Evangelio de Basilides, el Evan­gelio de Hesiquio, el Evangelio de Luciano, el Evange­lio de los Encratitas (asimilable al de Taciano), el Evan­gelio de San Tadeo, el Evangelio de San Matías (co­múnmente llamado tradición de Matías), el Evangelio de San Andrés, el Evangelio de Carpócrates, el Evan­gelio de Corinto, el Evangelio de los Arnmonitas, el Evangelio de los Simonianos (o partidarios de Simón de Gitton, el Mago) y el Evangelio de Santiago el Ma­yor. Pues bien: todos estos Evangelios son gnósticos, sin excluir el de los Hebreos (el que más difusión e importancia obtuvo desde un principio), puesto que, amén de estar inspirado en gran parte en el gnóstico Codex Nazaraeus, es el Evangelio que consigna la fábula de que el Jordán se llenó de fuego en el bautismo de Jesús, fábula muy acreditada en toda la tradición popular de los primeros siglos, y que resulta inexplicable de todo punto, si no se le da una interpretación gnóstica. Y el mismo Evangelio revela su gnosticismo en la escena de la transfiguración, en la que, conforme con la concep­ción de varias sectas gnósticas, hace del Espíritu la madre de Jesús.
El decreto del Pseudo-Gelasio introdujo, en su lista sesenta apócrifos neotestamentarios, muchos de ellos evangélicos. Hoffman cuenta veintisiete, entre los últimos, todos heréticos y gnósticos, y otros críticos hablan de cuarenta y cuatro y hasta de cincuenta y seis.
No hay que exagerar, sin embargo, su número, que no debió ser tan considerable como algunos presumen. Es indudable que a un mismo Evangelio se le daban dis­tintos nombres (sólo el Mateo canónico ha tenido diez), y que se creyó, en lo sucesivo, que eran otros tantos Evangelios diferentes. Los encratitas tuvieron por jefe a Taciano, de modo que los Evangelios de los unos y del otro constituyen un mismo libro. Los Evangelios de Hesiquio y de Luciano no son más que la revisión de los canónicos, hechos por ambos escritores sobre los manuscritos griegos, y los de Marción y de Apeles se aproximan a la redacción primitiva de San Lucas, por­que les faltan algunos pasajes de su texto actual. El Evangelio de Basilides es también un comentario de los canónicos, interpretados gnósticamente. Ya vimos que el Evangelio de San Felipe, el. más notable de los de origen gnóstico, y lleno de un panteísmo pronunciado, confúndenlo e identifícanlo muchos con el de Valentino. También vimos que, en algunos manuscritos, ciertos traductores. o copistas del Evangelio de Nicodemo qui­sieron hacerla pasar por Evangelio de los Nazarenos. El escritor musulmán Amed Aben Esdris atribuía a San Pedro el Evangelio árabe de la Infancia. Teodoreto men­ciona el Evangelio de San Pedro, pero solamente para atribuirlo a los nazarenos. Calmet, en la disertación so­bre los Evangelios apócrifos que precede al tomo VII de su Commentaire sur la Bible, suponía que el Evan­gelio de San Pedro, el de los Doce Apóstoles, el de los Nazarenos y el de los Hebreos, eran aparentemente los mismos bajo diversos títulos. Por lo menos, parece se­guro que el Evangelio de los Doce Apóstoles (como el de los Sesenta Discípulos), que ya Orígenes señalaba como herético, debía ser el mismo de los Hebreos, como sugirió San Jerónimo. Algunos le consideran igualo equivalente a las Memorabilia Apostolmum, obra muy estimada por los maniqueos occidentales y utilizada por Prisciliano, según nos dice Orosio. Otros, empero, lo colocan entre el Evangelio de los Egipcios, y los de Ba­silides, San Matías y Santo Tomás. Ni falta quien asi­mile el Evangelio de los Doce Apóstoles al que San Epifanio encontró entre los ebionitas, y del que reunió algunos fragmentos, traducidos por Preuschen. Lagarde publicó un texto sirio de las Didascalia Apostolo11lm, y las Reliquiae juris ecclesiastici antiquisimae contienen un Testamentum Domini Nostri Jesu Christi, en que se atribuyen al Salvador palabras pronunciadas ante los apóstoles, después de resucitar de entre los muertos, y otra obra de este género llegó hasta nosotros bajo el nombre de San Clemente Romano. Pero el tal documen­to no posee mayor autenticidad que los escritos del Cris­to a Pedro sobre los milagros, o que el himno atribuido a Jesús por los priscilianistas, y del que San Agustúl transcribe algunas estrofas.

Como documentos evangélicos fragmentarios, últi­mamente encontrados por la arqueología, recordaré dos: el del Fayum y el de Oxirinco. En un lote de papiros hallados en el Fayum y adquiridos, en 1882, por el archiduque Renner, descubrió y descifró Bickell, en 1885, un breve fragmento de texto evangélico, corres­pondiente, por su contenido, a unos pasajes de San Mateo (XX, 30, 34) Y de San Marcos (XIV, 26, 30). En él, el diálogo entre Jesús y Pedro es más vivo, más ani­mado y más original, al parecer, que en los textos canó­nicos. Muy cortos se han quedado ciertos críticos, al mirarle como una cita libre de un Evangelio canónico (San Marcos quizá), inserta en una homilía patrística. Favorece esta conjetura el ser su estilo diferente del de los Sinópticos, y el revelar mayor conocimiento del grie­go clásico. No obstante, parece más verosímil que se trate de un resto de algún Evangelio perdido, probable­mente del de los egipcios o del de los Hebreos. Cuanto a los fragmentos de Oxirinco, son en número de siete, y fueron descubiertos en Behuesa. Aparecen escritos en las caras de una hoja de papiro, que debió pertenecer a un libro, y traen siete logia o sentencias, a cada una de las cuales precede esta fórmula: "Dice Jesús", Algunas (la primera, la quinta y la sexta) corresponden-a pasajes de los textos canónicos (San Mateo, V, 14; Vil, 5; San Lucas, IV, 24; VI, 42), pero otras no guardan con ellos relación alguna. La más curiosa es la cuarta de esas sentencias: "Donde haya dos o tres, que estén reunidos, allí estará Dios. Donde haya uno solo, allí estaré yo. Levanta la piedra, y me hallarás. Corta la madera, y en ella me encontrarás". Mientras que unos críticos creen ver, en estos fragmentos, el origen de los Sinópticos, otros los juzgan residuos de un Evangelio perdido, el de los Egipcios acaso.

En 1904, Grefelly Hunt, los descubridores del pa­piro, publicaron una nueva serie de sentencias de Jesús y un fragmento de otro Evangelio. y a la serie de sen­tencias precede un prólogo, que aquellos investigado­ res traducen así: "He aquí las sentencias (¿admirables?) que Jesús, el Señor viviente, pronunció ante (¿Cephas?) y Tomás, diciéndoles: Quien oiga estos discursos, no gustará la muerte". Siguen cinco sentencias, las cuatro primeras de las cuales van precedidas de la fórmula: "Dice Jesús", y la última empieza con una pregunta de los discípulos al Señor. La primera sentencia recuerda una cita del Evangelio de los Hebreos, hecha por Cle­mente Alejandrino, Y las cuatro siguientes resultan de imposible identificación con ningún Evangelio, canó­nico o apócrifo. El fragmento de Evangelio perdido, editado a la vez que esoS logia, contiene la conclusión de un discurso de Jesús, análoga en una parte al Ser­món de la Montaña, Y las primeras líneas, aunque abre viadas son semejantes a los textos canónicos (San Mateo, V, 25, 28; San Lucas, XII, 27; XXI, 23). El fi­nal del fragmento reza así: "Y los discípulos le pregun­taron: ¿Cuándo te manifestarás a nosotros, y cuándo te veremos? Y él contestó: Cuando estéis desnudos, y, sin embargo, no sintáis vergüenza", respuesta que recuer­da una frase del Evangelio de los Egipcios, reproduci­da por Clemente Alejandrino. Pero la forma del logiol y las alusiones directas al Sepher Bereschith (ID, 7) in­dican una fecha muy anterior a la del texto actual del Evangelio de los Egipcios.
De 1905 a 1906, Grenfell y Hunt hallaron, también en Oxirinco, un fragmento de cuarenta y cinco líneas, que contiene una discusión de Jesús con los fariseos sobre las purificaciones legales. Aunque las expresio­nes de Jesús recuerdan a San Mateo (XV, 1,20; XXID, 16,25) Y a San Marcos (VII, 1,23), los giros y las ideas son muy diferentes. ¿Formaban esas expresiones parte del Evangelio hebreo, como estiman, algunos críticos? Lo ignoramos, por falta de prueba.<; suficientes. Esto no obstante, al ver la concordancia y la divergencia, según los casos, creo que los fragmentos del Fayum y de Oxirinco nos conducen a una época en que la canoni­cidad aún no existía, y en que la Iglesia no había abier­to entre ella y la apocrificidad un hiato profundo, en cuya sima yacen sepultadas en eterno olvido riquezas evangélicas de inestimable valor. Semejante proceder nacía de la superficialidad de los Padres de la Iglesia, que, no penetrando la sustancia de las razones críticas, se pagaban de motivos de edificación piadosa. En vez de encauzar el razonable discurso, asentando las zanjas de sólida exégesis, como debieran por su autoridad, los Padres usaron de tanta ligereza en sus juicios y en sus decisiones, que, llevados de su afán de religiosidad y de ortodoxia, dejaron por resolver cuestiones hermenéu­ticas de importancia suma, y dieron ocasión al extravío de los entendimientos y al dogmatismo en la fijación del canon neotestamentario que hicieron prevalecer, extravío y dogmalismo que reinaron después en la Igle­sia con estrago irreparable. Pero la erudición moderna, con sus investigaciones analíticas, ha vuelto por los fue­ros de la verdad histórica.

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