Introducción


En los comienzos del cristianismo, no existió pro­piamente una literatura evangélica (o, si se prefiere la palabra, jesunista), y sí sólo relaciones orales, confu­sas, vagas y contradictorias. Mas luego vinieron escri­tos en que se afirmaban opiniones de partidos teológicos, cada uno de los cuales procuraba escudar su doctrina en la autoridad del llamado Cristo, y perjudicar al rival, arreglando esa autoridad a su modo. Las cualidades que la conciencia cristiana daba a aquella figura, se sentían mejor que se definían, y más fácilmente se notaba su necesidad, cuando faltaban, que se describían sus con­tornos, sin caer en la vulgaridad. Naturalmente, si bus­camos el protoplasma evangélico, no en el texto de los Evangelios actuales, sino en los elementos más antiguos que ese mismo texto nos descubre, aunque sin dar sello a cada Evangelio, todo lo que hallamos, y no sólo par­tes, corresponde a una tradición genuinamente judaica. Pero ¿cuál fue esta tradición? ¿Dónde buscar el escrito que fielmente la interprete?

Fuera de los Evangelios mismos, nada de cuanto se llama Evangelio se parece a un relato biográfico. El único libro del Nuevo Testamento que se podría atri­buir a uno de los supuestos doce apóstoles, el Apoca­lipsis, parece natural que fuese el que se extendiese más en recordar los hechos y los dichos de Jesús, cuya fe­cha era aun tan reciente. Todo menos eso. El Apocalip­sis no habla para nada de la ascensión, ni de la resu­rrección, y no nos conduce más allá de la noción de que Jesús, cuya descendencia davídica afirma el autor, fue muerto, y luego llamado a una vida inmortal (1, 5; TI, 8, etc.). A la crucifixión hace una vaga referencia (1, 7), de sabor pronunciadamente mesiánico. La entrada gue­rrera (Apocalipsis, XIX, 11, 16) del Cristo apocalíptico, juzgando y peleando sobre un caballo blanco, contrasta notablemente con su entrada pacífica en Jerusalén so­bre un asno, tal como la describen los evangelistas ca­nónicos. El primer evangelista, con ser el más penetra­do de judaísmo conservador, apenas puede llamarse un judaizante comparado con el autor del Apocalipsis (XI, 2) conserva el templo, no destruye más que la mitad de la población, y convierte a la mayoría de los habitantes. El Cristo-Pascua se ha convertido en la víctima pascual, o en el "cordero inmolado", cuya sangre purifica de sus pecados a los que creen en él. Loisy encuentra en el Apocalipsis la idea que a fines del siglo 1 formaban los cristianos del Cristo en su gloria (idea que parece el re­trato de un dios solar, ajustándonos a las mismas ex­presiones del escritor), y la manera como su carrera te­rrestre era simbólicamente interpretada por medio de las antiguas profecías y de otras imágenes cuya proce­dencia primaria debe ser buscada fuera de la tradición religiosa de Israel. Notables son, en efecto, las formas míticas solares que se hallan en el Apocalipsis, y com­plementarias de otras cuya persistencia en el mundo cris­tiano consigna Guichot. Para este mitólogo, "la natura­leza del Apocalipsis explícanos su importancia en los estudios de teología comparada. No fue admitido el Apocalipsis por los obispos de los primeros tiempos como libro canónico. Pero, en el siglo IV, los Padres lo declararon tal, y los fieles lo leyeron como revelación profética hecha por Jesucristo a San Juan, a fines del siglo I, en la isla de Patmos, lugar de destierro del após­tol, con objeto de que la escribiera para las siete igle­sias principales del Asia Menor, que se pretendía él mismo había fundado. Ha habido muchos comentado­res y varias interpretaciones del Apocalipsis, dividido en 22 capítulos. Unos lo entendieron como poema her­mético, otros como poema literario, los más como pro­ducción emblemática de profecías reveladas, cumpli­das unas y que se cumplirían otras, en cuyas interpreta­ciones, sentido, doctrina, enigma y explicación, se han combatido apasionadamente católicos y protestantes, pero conviniendo en que cada palabra es un arcano y cada forma un símbolo profundo, de donde las dificul­tades para entenderlo. El Apocalipsis es un libro muy interesante, de materia muy antigua, de mítica religiosa predominantemente simbólica, antievemerista y para­bólica, de estilo ardiente y apologético, como de cre­yente que combate por su fe y por su inspiración, y pro­ducto de dos elementos fundidos: el tradicional, mítico, objetivo, que es clara expresión de sus orígenes, y el subjetivo, de la fantasía creadora de su autor sobre los elementos míticos, que es lo que obscurece el sim­bolismo, y dificulta la explicación, por cuya mezcla es extravagante en mitología, y cae en la monstruosidad, mientras que en tropología interesa, y tienen valor. Cuanto a las formas míticas solares que he indicado, se refieren a la aparición de Jesús a San Juan. Jesús se apa­reció en medio de los siete candeleros de oro, con la cabeza blanca como la nieve, sus ojos como llamas de fuego, su rostro como el sol en su fuerza, sus pies como latón fino en horno encendido, de su boca salía una es­pada aguda de dos filos, y a su derecha había siete es­trellas. También la descripción del trono de Dios en el cielo (IV, 2, 8; V, 1, 6, 8, 11, 13) pertenece a aquellas formas. Dice que en el trono estaba sentado uno seme­jante a una piedra de jaspe y de sardónica. Alrededor del trono, lucía un iris de color de esmeralda, y de él salían voces, relámpagos y truenos. Veinticuatro ancia­nos sentados, vestidos de blanco y con coronas de oro, y cuatro animales, león, becerro, águila y uno con cara humana, glorificaban incesantemente a dios. Ante el tro­no brillaban siete lámparas ardiendo y un mar transpa­rente como cristal. El que estaba sentado en el trono portaba en la diestra un libro con siete sellos, que nadie podía abrir más que un cordero, que tenía siete cuernos y siete ojos. Abierto el libro, los ancianos y los anima­les, con arpas y con perfumes, y millares de ángeles, cantaron la gloria del cordero, y adoraron al que estaba sentado en el trono".
Encontrar el primer cristiano, es empresa mucho más fácil que encontrar el primer evangelista. En esta mate­ria, conviene llamar la atención sobre un asunto de la mayor importancia para los investigadores, a saber: que los Evangelios conocidos no son originales, sino sim­ples excerpta, hechos para el uso privado e interno de fecha incierta, por lo cual es preciso mucha cautela para no incurrir en errores cronológicos, al manejar estos do­cumentos. ¿Quién, en cambio, no está autorizado para calificar de cristianos, en toda la extensión de la pala­bra, a Hillel, a San Juan Bautista o a cualquier figura sectaria de los esenios, de los terapeutas, de los naza­renos, o de otra escuela judaica anterior a la fecha ca­nónica de Jesús? Filón es todavía algo más que un cristiano en este sentido, pues es casi un evangelista calificado, y Focio opina que de él procede el lenguaje histórico de la Escritura. No está exento Filón de frases de sabor evangélico, ni falta en su sistema la fundamental concepción del reino de los cielos, que, desde Jesús o antes de Jesús, presidía la moral trascendente de los judíos helenistas y de los terapeutas. Los mismos exé­getas católicos reconocen que, para comprender la uti­lidad de Filón como guía de interpretación, basta ob­servar que, de igual modo que Josefa, era contemporá­neo de los apóstoles, y que los dos escribieron en grie­go. Filón era un verdadero helenista y gran partidario de la interpretación alegórica, y su modo de escribir se asemeja mucho al de San Pablo, por lo cual sirve tanto su lectura en la explicación de las palabras del Nuevo Testamento. Blavatsky observa que, cuando las concep­ciones del segundo gnosticismo, que convertían el Cristo en el Logos, empezaron a ganar terreno, los cristianos primitivos se separaron de los nazarenos, los cuales acu­saban a aquellos de pervertir la doctrina de Juan el Bautista, y de desnaturalizar su rito simbólico. Directamen­te, a medida que el Evangelio se esparcía más allá de las fronteras de Palestina, y el nombre de su protago­nista adquiría santidad y veneración en las ciudades orientales, se convertía en una especie de personifica­ción metafísica, al paso que la buena nueva perdía su aspecto puramente social, y tomaba un carácter ética­mente teosófico. El único documento medio original que nos queda de este ciclo, son los AOyta de San Mateo y los npaxoeyta de San Marcos, especialmente los pri­meros, que quizá constituyeron la trama del Evangelio de los Hebreos o Nazarenos. Si San Jerónimo confesa­ba ser para él " un trabajo difícil de ejecutar", la inter­pretación del significado de los largos discursos conte­nidos en el Evangelio de San Mateo, ello se debe a que, en este Evangelio y bajo la forma de las sentencias de Jesús, mencionadas por Papias, se encerraba la real y legítima doctrina secreta, tal como en manos de los nazarenos se conservaba. Aquellos Aoyta o discursos secretos, reveladores de algunos ritos y símbolos im­portantes. Si de otro modo hubiera sido, ¿con qué idea hubiera el autor de aquel Evangelio tomado tantas pre­cauciones para mantener sus revelaciones secretas?
En previsión de que algún lector o algún crítico me reproche el no haber traducido más literalmente de lo que lo hago los escritos que componen esta colección. ¿Podría atreverme a tal, sin desnaturalizarlos por com­pleto? ¿Iba a permitirme una licencia que no se permi­tieron exégetas y traductores de la talla de Orígenes, San Jerónimo, Arias Montano, Juan de Valdés, Cipriano de Valera, Scio, rosenmüller, Estcott, etc? A la cortesía de los que consulten mi versión dejo que la juzguen como mejor les pareciere. Más no olviden que, en los Evangelios apócrifos, como en los canónicos y como en todos los libros de la Biblia, las incorrecciones de la forma se corresponden con las contradicciones del fondo, con los rasgos enojosos y pueriles, con los detalles vulgares, exagerados e insignificantes. Borrar lo prime ro, no sería más lícito, hermenéuticamente hablando, que suprimir lo segundo. Y, en lo primero, hay que resignarse a soportar con paciencia la lectura de escritos llenos de modismos extravagantes, construcciones libres, significados contrahechos, sentidos voluntarios, expresiones caprichosas, tropel de dichos amanerados, figuras sin arte, palabras inútiles, voces confusísimas, lenguaje, en fin, propio de gente que, echada la capa al mar de la propaganda religiosa y de la edificación de los prosélitos, vase de rienda tras la musaraña de cuentos idealmente piadosos, pero carentes de toda humana realidad y de toda histórica verosimilitud. Hace cerca de dos siglos que el docto Fréret (1688 a 1449), uno de los más eminentes filólogos y orientalistas de su época, y el que mejor supo aplicar la filosofía a la erudicción, según frase de Turgot en su Etymologie, escribió, al margen de sus numerosos trabajos de crítica histórica, uno de crítica religiosa, que por cierto no figura en la edición de sus Euvres completes: el Examen critique des apologistes de la religion chré
tienne. Y, en el capítulo XII, al hablar de los motivos para creer en los milagros y en cada uno de los que se refieren en los Evangelios canónicos, pierde largamente Fréret que cada cual se asegure por demostración de la autoridad de tales libros, y también de que las pruebas de que son auténticos exceden en firmeza a cuanto han dicho las demás sectas cristianas en favor de sus Evangelios respectivos, para Hamados inspirados. Conforme a tari sano criterio, Fréret examina los' Evangelios, oponiendo a la autenticidad de los reputados verdaderos los muchos reputados falsos que corrían desde un principio. "Es (decía) un hecho cierto, reconocido por todos los sabios, confesado por los defensores del cristianismo, que, desde los primeros tiempos de ]a Iglesia, y aun desde los de ]a fecha misma de los libros de] Nuevo Testamento, se publicaron una multitud de escritos falsamente atribuidos, ya a Jesús, ya a ]a Virgen, ya a los apóstoles, ya a los discípulos. Fabricio, que recogió cuantos pudo reunir, cuenta hasta cincuenta con e] solo título de Evangelios, y un número mucho mayor bajo diferentes títulos. Cada uno de estos escritos tenía en aquel tiempo sus partidarios. De aquí resulta con evidencia que, entre los cristianos de aquel tiempo, unos eran trapaceros e impostores, y otros, hombres sencillos y crédulos. Si con tanta facilidad se logró engañar a estos primeros fieles, y si tan factible era inducirles a ilusión con libros supuestos, ¿en qué vienen a para todos los sofismas con que se pretende demostrar la imposibilidad de una suposición con respecto a los Evangelios canónicos'? En medio de tamaño caos de libros publicados a un mismo tiempo, y todos recibidos entonces con respecto, ¿cómo podremos ahora distinguir los que eran auténticos y los que no lo eran'? Pero lo que hace aun más imposible esta distinción, es que vemos citados con veneración por los primeros Padres de la Iglesia los Evangelios apócrifos. Las Constitutiones Apostolicae, San Clemente Romano, Santiago, San Bernabé y aun San Pablo, citan palabras de Jesucristo tomadas de esos Evangelios. Hay más, y es que no vemos que los apologistas de la secta que quedó dominante, hayan conocido los cuatro Evangelios que se han conservado como canónicos y auténticos. Hasta San Justino, no se haHan en sus escritos más que citas de Evangelios apócrifos. Desde San Justino hasta Clemente Alejandrlno, los Padres se sirven de ]a autoridad, ya de los Evangelios supuestos, ya de los que ahora pasan por canónicos. Finalmente, desde Clemente Alejandrino, estos últimos triunfan, y eclipsan totalmente a los demás. Es verdad que, en los primeros Padres, se ven algunos pasajes semejantes a las palabras de los actuales Evangelios. Pero ¿de dónde consta que están tomados de ellos? San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan, no están nombrados, ni en San Clemente Romano, ni en San Ignacio, ni en otro alguno de los escritores de los primeros tiempos. Las sentencias de Jesucristo, que estos Padres repiten, podían haberlas aprendido de viva voz por el canal de la tradición, sin haberlas tomado de libro alguno. O, si se quiere que hayan sido tomadas de algún Evangelio esas palabras, no hay una razón que nos obligue a creer que se tomaron más bien de los cuatro que nos quedan, que de los muchos otros que se han suprimido. Los Evangelios que se han reconocido como apócrifos, se publicaron a] mismo tiempo que los que pasan por canónicos, y de ]a misma manera y con igual respeto se recibieron, y con idéntica confianza, y aun con preferencia, se citaron. Luego no hay un motivo para creer en la autenticidad de los unos que no milite, a lo menos con igual fuerza, en favor de la autenticidad de los otros. Y, puesto que éstos han sido, evidente­mente y por confesión de todos, unos escritos supues­tos, nos hallamos autorizados para creer que aquellos han podido serio asimismo".
Es indiscutible lo que Fréret asienta. Hacia el final del siglo n, la literatura evangélica o jesunista parece agotada. Pero el canon documental del cristianismo, si bien tiene en su pro la autoridad de los tres grandes doc­tores de la época. Clemente Alejandrino, San Ireneo y Tertuliano, dista mucho de haberse establecido definitivamente. Al lado de los escritos canónicos, circulaba un número considerable de Evangelios, los de los He­breos, de los Egipcios, de San Pedro, de San Bartolomé, de Santo Tomás, de San Matías, de los Doce Apósto­les, etcétera,. Evangelios que no eran de uso exclusivo de las sectas llamadas heréticas, y de los cuales se ser­vían los doctores ortodoxos más de una vez. Pero, des­de comienzos del siglo ID hasta la celebración del Con­cilio de Nicea, el año 325, las autoridades eclesiásticas se inclinaron a la admisión exclusiva de los cuatro Evan­gelios simétricos, sobre los que, aun los Padres de la Iglesia de más sentido crítico, pensaban lo siguiente: 1) que el Evangelio de San Mateo era una colección de sentencias, discursos y parábolas de Jesús, hecha por su autor en lengua aramea, y anterior al relato de San Marcos, y que el Cristo mismo eligió a aquel apóstol para que fuese testigo de los hechos, y para que diese de ellos un testimonio público, poniéndolo por escrito; 2) que San Marcos, discípulo e intérprete de San Pedro, a quien acompañó a Roma el año 44 de Jesucristo, re­dactó, en forma de Evangelio, un resumen de la predicación de su maestro, a instancias de los fieles que a éste habían oído, y que el apóstol lo aprobó, y mandó que se leyese en las iglesias como escritura auténtica; 3) que San Lucas, discípulo e intérprete de San Pablo, hizo lo mismo con la predicación del gran evangelizador de los gentiles, y que su obra lleva todos los caracteres de la certidumbre; 4) que San Juan escribió sobre Jesús pasado ya de los noventa años, con objeto de confundir a los herejes gnósticos, y que su Evangelio, como el de San Mateo, es el de un testigo de mayor excepción. En suma: de los cuatro evangelistas, se suponía que dos de ellos, San Marcos y San Lucas, escribieron de oídas lo que les contaron San Pedro y San Pablo, respectivamen­te, y, de los otros dos, se suponía que referían los he­chos como testigos. Ambas suposiciones atravesaron el tiempo y el espacio, tanto en el catolicismo como en el protestantismo, llegando hasta últimos del siglo XVIII, en que algunos sabios de la última religión empezaron a dudar de que tales suposiciones fueran verosímiles. La primera duda recayó sobre que fuera escrito por or­den de Cristo el Evangelio de San Mateo. Recordóse que, según San Epitanio y San Juan Crisóstomo (que, por lo demás, vinieron al mundo algunos siglos más tar­de), San Mateo escribió su Evangelio, no por orden del Cristo, sino "a ruegos de los judíos convertidos, y como seis años después de la muerte del Señor". No se vió inconveniente en que hubiese escrito su libro en arameo, pero se descubrió que de él circularon varias traduccio­nes griegas, algunas muy antiguas, con numerosas fal­tas, bastante esenciales algunas de ellas, sin que se lo­grase averiguar quién hizo la primera traducción grie­ga, ni quién sacó del griego la versión latina. Surgieron nuevas dudas, y se juzgó aventurado creer que posea­mos realmente la colección de sentencias, discursos y parábolas de Jesús escrita por el apóstol San Mateo. Muy particularmente empero, fue Lessing quien, con su nueva hipótesis sobre los evangelistas considerados como sim­ples historiadores humanos, estatuyó: 1) que Papias se había equivocado al atribuir a San Mateo un Evangelio hebraico, que cada cual habría traducido desvió el nom­bre de San Mateo del primer redactor griego, y no de la tradición; 3) que San Mateo había dado simplemente un extracto del Evangelio de los Nazarenos; 4) que este último y más antiguo Evangelio apócrifo, denominado también de los Hebreos (dos nombres que sin cesar se vienen a la pluma de los Padres más antiguos para de­signar un solo y mismo escrito), se llamó así, por los lectores a que estaba destinado; 5) que se llamó asimismo Evangelio de los Doce Apóstoles, por las auto­ridades primeras, cuyos relatos reproduce; 6) que erró­neamente se atribuyó a San Mateo ese Evangelio, sali­do de las tradiciones de las iglesias cristianas de Galilea, arreglado en adelante muchas veces, y acomodado a los progresos que iba haciendo el dogma. A van7.ando por este camino, la investigación llegó a que nuestro primer Evangelio ha sido, en efecto, formado por un inge­nioso redactor, que añadió a un plan nuevo, y según un interés apologético preciso, el resumen de San Marcos y los primitivos logia de San Mateo, no sin agregar cier­to número de tradiciones orales, que, precisamente por ello, a los ojos del crítico disfrutan de menor crédito. El Evangelio mismo no anuncia en parte alguna ser obra de San Mateo. Aunque éste figure en el catálogo de los apóstoles, lo cita sólo una vez, dando el nombre de Mateo (IX, 9) al sujeto sentado en la casa en que se cobraban los impuestos, al que los otros dos Sinópticos llaman Levi, y del cual se hizo seguir Jesús, y esto es todo, pues San Mateo no desempeña un papel privile­giado. Como diría más tarde Strauss, nuestro primer Evangelio es más petrista que el de San Marcos, el su­puesto discípulo e intérprete de San Pedro. Más que nin­gún otro Evangelio, y desde el principio hasta el fin, el de San Mateo reserva a San Pedro el papel de príncipe de los apóstoles, pero, según cierto rumor recogido por muchos Padres de la Iglesia, San Mateo pasaba por ser uno de los dos que habían anunciado el Evangelio a los judíos, y, en su calidad de antiguo publicano, parecía más apto que nadie para servirse de la pluma, lo cual era bastante para unir su nombre a un Evangelio del que no había escrito una línea. Investigaciones poste­riores a Lessing, llevadas acabo por Schulz (1832), Sche­nekenburger (1834) y otros, acabaron de desvirtuar la autenticidad del Evangelio de San Mateo, y de negarle su autoridad de obra apostólica. Y con gran profundi­dad y discreción observó Schulz que no puede ser un hombre apostólico quien se cuida de hacer figurar la remisión de los pecados en las palabras con que Jesús instituye la Cena. Para Schleiermacher, es un argumen­to poderoso contra San Mateo el hecho de que, a partir del capítulo IX, en que refiere su vocación, el apóstol tan sugestivamente reclutado en el telonio de las con­tribuciones no cambia de tono en lo que escribe. No obstante empezar a compartir los trabajos y la fortuna del maestro, no es su narración más animada, más nu­trida, más rica en circunstancias. Se prolonga sin dife­rencia sensible con la anterior, por un método igual­mente sumario y con indicaciones tan vagas de lugar y de tiempo como antes. Su procedimiento no es el de un testigo ocular, sino el de un autor que saca de la tradi­ción datos más o menos borrosos y en cierta manera desmonetizados por la usura del tiempo. Este racioci­nio del ilustre pensador alemán tiene mucha fuerza a nuestro propósito. ¿Cómo, además, explicar, de modo medianamente satisfactorio que el evangelista ponga en boca de Jesús largos discursos, haciéndole decir de una vez lo que, por su incongruencia, ofrece evidente señal de corresponder, en caso de historicidad, a ocasiones distintas? Tal se nota en el Sermón de la Montaña del capítulo VII, en las instrucciones a los apóstoles del X, en el gran discurso contra los fariseos del xxm, y en las siete parábolas del XIll. Igual anomalía ofrece la duplicación de personajes y de acontecimientos: dos ciegos, dos leprosos, dos poseídos, dos comidas mila­grosas. Añádase todavía la ignorancia de diversos acon­tecimientos de que un apóstol debía estar informado, si se concede crédito a los otros tres evangelistas: la elec­ción de los setenta discípulos, la ascensión visible, los viajes de Jerusalén por las fiestas (San Mateo no con­signa más que uno, San Juan tres), y la resurrección de Lázaro. Claro es que, así apreciados los hechos, se ve, con perfecta luz y con convicción indiscutible, cuán in­motivada y deleznable es la exagerada autoridad que de antiguo ha venido concediéndose al primero de los Sinópticos. .
Es imposible determinar qué autenticidad poseen los Evangelios oficialmente consagrados por la Iglesia, por más que los seguidores del canon ortodoxo les atribu­yan autoridad absoluta sobre los apócrifos o desecha­ dos, los cuales estiman muy posteriores y de ningún precio, por los lances mitológicos que contienen. Pero ¿en qué fundaban su preferencia los Padres? ¿Por qué redujeron a cuatro los Evangelios admisibles? Oigamos a San Ireneo: "El Evangelio es la columna de la Iglesia, la Iglesia está extendida por todo el mundo, el mundo tiene cuatro regiones, y conviene, por tanto, que haya también cuatro Evangelios... El Evangelio es el soplo o viento divino de la vida para los hombres, y, pues que hay cuatro vientos cardinales, de ahí la necesidad de cuatro Evangelios... El Yerba creador del universo rei­na y brilla sobre los querubines, los querubines tienen cuatro formas, y he aquí por qué el Yerba nos ha obsequiado con cuatro Evangelios". El lector discreto observará que estas extrañas demostraciones no se pa­recen a las de Euclides. Absurda y levantada contra toda razón de crítica sensata es la singular argumentación de San Ireneo, que no hace más que dar consagración sub­jetiva a un hecho consumado en su tiempo, pero cuyos motivos no eran, ciertamente, aceptables. Porque, al tra­zar su supuesta biografía de Jesús, los evangelistas ca­nónicos, ni más ni menos que los apócrifos, colabo­raron con la tradición, y engrandecieron los hechos, consignando las preocupaciones tea lógicas del tiempo en que escribían más bien que las de aquel que en sus novelas apocalípticas relataban. Además, los que pre­tenden probar la autenticidad de los cuatro Evangelios canónicos, por el hecho de haberlos recibido universal­ mente la Iglesia desde los primeros siglos, ignoran u olvidan que ese hecho no es exacto. Por los escritos de muchos Padres de la Iglesia, vemos que algunos de aquellos Evangelios (como otros varios libros del Nuevo Testamento canónico) estuvieron largo tiempo sin ser recibidos, Y sin ser tenidos por de los autores con cuyo nombre corrían en el seno de ciertas sectas cristianas.
Únicamente después de muchos años vinieron a reco­nocerse por canónicos los Evangelios cuya autoridad no había sido hasta de entonces reconocida, ¿Y podrá fundarse en esto alguna certeza? Ya Holbach, en el pró­logo a su Histoire critique de Jésus Christ, recordaba que fue el Concilio de Nicea, el año 325 (refrendado, en este punto, por el Concilio de Laodicea, el año 363), el que hizo la separación de Evangelios canónicos Y Evangelios apócrifos, Y el que, entre una cincuentena que a la sazón existían, escogió solamente cuatro, dese­chando los demás. Un milagro, según cuenta el autor anónimo de la obra intitulada Libelus Synodicus, deci­dió de la elección. Empero, prescindiendo de que se trata de un autor desconocido, visionario e ignorante, Y de una obra nena de fábulas, errores, anacronismos Y ba­gatelas, desestimada de todos los críticos, Y de la cual nadie ha hecho jamás ningún uso, como nota Harduino, al final del tomo V de su Collectio Conciliorum: pres­cindiendo, repito, de este origen sospechoso del mila­gro, hay que apuntar también sus diversas Y extrañas versiones, a cual más absurda. Según una versión en fuerza de las oraciones de los obispos, los Evangelios inspirados fueron por sí mismos a colocarse sobre un altar. Conforme a otra versión (más grosera y tan im­prudente, que llevó a los racionalistas a asegurar que el altar se hallaba dispuesto artificiosamente y con deli­berado propósito), sc pusieron todos los Evangelios, canónicos y apócrifos, sobre el altar, y los apócrifos cayeron bajo él. Una tercera versión da la variante de que sólo se pusieron sobre el altar los cuatro Evange­lios verdaderos, y que los obispos, en sentida y fervien­te plegaria, pidieron a Dios que, si en alguno de ellos hubiese una sola palabra que no fuese cierta, cayera aquel Evangelio al suelo, lo que no se verificó. ¡Mila­gro por cierto bien fácil de conseguir, y cuya candidez raya en lo bufo! Pero más inocente es todavía su cuarta versión, la cual, cambiando el aparato de las anteriores, afirma que el mismo Espíritu Santo entró en el Conci­lio en figura de paloma, que ésta pasó a través del cris­tal de una ventana sin romperlo, que voló por el recinto con las alas abiertas e inmóviles, que se posó sobre el hombro derecho de cada obispo en particular, y que empezó a decir, al oído de todos, cuáles eran los Evan­gelios inspirados. En verdad que, aliado de semejantes desatinos, las citadas fantasías de San Ireneo merecen disculpa casi respetuosa, pues representan, a lo me­nos, cierto esfuerzo acomodaticio para dar validez teó­rica a la reducción a cuatro del número de los Evange­lios verdaderos.
Ni vale porfiar que los Evangelios apócrifos, en vez de fijar la tradición oral, como los canónicos, dándole el sello de imperecedero, la desfiguraron con multitud de adiciones y de ficciones ridículas. Algunos Evange­lios apócrifos abundan en enseñanzas más humanas que las de los Sinópticos, y en milagros verdaderamente bellos y muy superiores a los referidos en San Marcos. En uno de los Evangelios apócrifos de la Infancia, da Jesús una hermosa y práctica lección a su maestro. Qui­so el futuro Cristo ir a la escuela, y fue conducido a ella. "Cuando el maestro vio a Jesús, escribió un alfa­beto, y le mandó que pronunciara Aleph. No bien Jesús lo hubo hecho, le mandó que pronunciara Beth. Mas Jesús le dijo: Infórmame primero de lo que significa Aleph, y entonces pronunciaré Beth". Verdad es que algunos redactores estropean tan discreto episodio, ha­ciendo que Jesús explique a continuación a su precep­tor el sentido místico del alfabeto, y que, con sus pre­guntas, confunda a sus instructores todos, mucho antes de cumplir los diez años. Comoquiera, en estas fábulas de inspiró, sin duda, San Lucas (IT, 42, 50) para su rela­to de la conversación del niño Jesús con los doctores del templo. Pero el tercer evangelista es más moderado (da doce años a Jesús), y su relato en nada excede de lo que el historiador judío Josefo cuenta de sí mismo, y del efecto que produjo, desde la edad de catorce años, con sus conocimientos y con su madurez de juicio.
Es de una gracia verdaderamente infantil la leyenda de Jesús y de los leones. Por el camino de Jericó al Jordán, cerca del río, había una caverna habitada por una leona y sus cachorros. El terror se había apoderado de la vecindad, y nadie se atrevía a pasar por allí. El niño Jesús, a fin de tranquilizar a los habitantes, fue a la caverna, y penetró en ella. Los cachorros se pusieron a brincar, y a lamerle sus manos divinas. Viejos leones llegaron, mirando al pequeño con ternura. En la ciudad prodújose gran emoción. ¿Qué le habrá pasado al niño Jesús? Lo habrán devorado los leones. Todo el mundo se decía esto, pero nadie se movía, pues el miedo se había apoderado de todos. Y he aquí que el niño reapa­rece, seguido de un cortejo de leones, jóvenes y viejos, pero todos dóciles y acariciadores. Jesús anuncia al pue­blo que las grandes fieras son más inteligentes que los hombres, porque saben reconocer a la Divinidad. Des­pués, el niño se dirige a los leones, y les exhorta a no comerse a los hombres, que también se volverán sabios. Dicho lo cual, Jesús vuelve al lado de su madre.

Pero ya se indicó más arriba el límite que alcanza esta superioridad de los Evangelios apócrifos, y cómo no llegará nunca a destruir lo que, en definitiva, impor­ta: el carácter mítico de Jesús, cuya figura, en ellos pre­cisa y principalmente, es la de un traumaturgo encombrant en francés, yen español insoportable. El lado prác­tico de la actividad de Jesús, consistente en el cumpli­miento de los milagros, los Evangelios apócrifos colócanlo en su primera niñez y en su primera juven­tud. El Evangelio de Santo Tomás, en los capítulos II, III y V, abre, en el quinto año de la vida de Jesús, el relato de sus milagros, y el Evangelio árabe de la Infan­cia, en los capítulos X, XXXVI Y XL VI, llena el viaje a Egipto de una multitud de milagros, que la madre de Jesús opera con ayuda de los pañales de su hijo, o del agua que servía para lavarle. Los milagros que, según estos Evangelios apócrifos, hace Jesús, niño y adoles­cente, son análogos a los del Nuevo Testamento (cura­ciones de enfermos y resurrecciones de muertos), pero los otros son de un tipo diametralmente opuesto a los de los Evangelios canónicos, conviene a saber: casti­gos espantosos que paralizan los miembros, y que has­ta destruyen la vida de todo el que se muestre contrario al niño Jesús, o fantasías extravagantes, tales como la vida dada a gorriones formados con barro, y el hablar en la cuna, declarándose hijo de Dios. El Codex de Thilo, en su tomo 1, abunda en esta erudición bíblica, propia de la literatura apócrifa, y nos trae la conclusión de que no hubo tal niño Jesús hacedor de milagros, y que todo se debió a la necesidad de llenar las lagunas de la leyenda, otorgando al protagonista evangélico, desde su puericia, la preeminencia y la dignidad mesiánicas. Ninguno de esos milagros es verdaderamente histórico, y los evangelistas apócrifos los tomaron de la literatura popular pagana, como los evangelistas canónicos saca­ron el Nuevo Testamento del Antiguo. Y es, en verdad, casi portentoso que tales cosas hayan sido escritas. Pero "nada hay, ni en leyenda, ni en poesía, que las supere. De aquella brumosa edad han llegado a nosotros como dones incomparables de belleza. Sea o no verdad que ello sucediera, los retratos de María, de José y de Jesús, en el establo de Bethlehem, representan lo más grande y lo más sublime que el hombre haya jamás pintado. La historia de los reyes magos, que siguen a la estrella, y que ofrecen sus presentes al niño, es poesía de la más tierna y de la más exaltada. si nos la robaran, perdería­mos lo mejor que poseemos en el orden espiritual, y nos la están robando los que quieren que creamos que todo aquello es históricamente verdad. ¿Acaso importa? Es una gema de belleza, y las almas de los hombres necesitan el purificador y fortificante poder de la belle­za, de la imaginación y del ensueño, para no marchitar­se y morir sobre los desnudos hechos de la historia".

Entre los sabios sensatos y circunspectos, no se abri­ga ya hoy duda alguna de que los Evangelios no son escritos apostólicos, ni históricos, y que sus narracio­nes pertenecen al mundo de la fábula. Porque, ni los apóstoles escribieron una sola palabra, ni hay libro que tenga traza de ser suyo. Los escritores anónimos de los Evangelios, a los cuales la tradición su uso apóstoles, lo eran, sin duda, en el sentido de propagandistas de la nueva fe, mas no en el de discípulos directos e inme­diatos del Cristo. Lo que de ellos nos ha quedado, lo debemos a la tradición contenida en libros compilados mucho tiempo después de la fecha canónica de Jesús. Tales libros eran tan numerosos como diversos en sus tendencias, y las muchas sectas que componían el cris­tianismo primitivo los confeccionaban sin apoyarse en testimonios de' testigos oculares, en datos de primera mano, en hechos ciertos y fidedignos. Su valor históri­co es, por ende, nulo, y su gran cantidad a una sus no­torias diferencias narrativas y convierte la literatura evangélica en un verdadero caos. Pretender poner or­den en este caos, paréceme como empeñarse en meter en el puño un arrebatado río con toda la furia de su co­rriente. De forma que de los Evangelios, canónicos o apócrifos, no puede colegirse con certeza, ni cuándo Jesús predicó, ni cuál fue el tema de sus sermones, ni qué portentos hizo, especialmente que los textos, en medio de muchas y hermosas anécdotas y parábolas, andan llenos de sucesos inverosímiles, ridículos y ab­surdos. Su primitivo objeto parece haber sido servir de escritos exhortatorios a los cristianos de las diferentes sectas dominantes, y ahí radica su mayor interés. Pero carecen de autenticidad, y no se puede formar de ellos cabal concepto, pro hallarse la ficción y la leyenda mez­cladas en la narración. Por eso, los evangelistas no lo­graron presentar de Jesús una imagen consistente, ho­mogénea y claramente cincelada. Y, si advertimos que todo su trabajo estribaba en la tradición, la cual había corrido mucho tiempo expuesta a grandes averías, y que demasiadas manos se dedicaron a esa labor en distintas épocas, ¿quién será tan crédulo que conceda gran auto­ridad a semejantes escritores respecto de las cosas evan­gélicas, autoridad inferior a la de Plinio o Tito Livio respecto de los primeros reyes romanos? Si la crítica llenó de dudas la historia romana primitiva, y la relegó a la categoría de las fábulas poéticas, hasta suponerla sacada sencillamente de ejercicios de retórica, ¿qué mucho que haya hecho lo mismo con la historia cristia­na primitiva, que aun ofrece menos garantías de verosi­militud? Así como los supuestos reinados de los prime­ros tiempos de Roma se dedujeron de los poemas na­cionales, y así como, en los monasterios de la Edad Media, se daba a los estudiantes, como ejercicio, la com­posición de vidas elogiosas de los santos, tomadas pos­teriormente por historias verdaderas, del mismo modo el Nuevo Testamento se calcó sobre los mitos del Anti­guo, y la mayor parte de los relatos evangélicos (y, en general, neotestamentarios) debieron su origen a la cos­tumbre, vigente en las diversas sectas cristianas, de ha­cer panegíricos escritos de los héroes consagrados por la tradición oral, y de conservar las composiciones que se juzgaban mejores.

Entrando ahora de lleno en la determinación posi­ble de la cronología respectiva de los Evangelios canó­nicos, surge, cOmo cuestión obligada, la de saber a cuál de los dos más antiguos Sinóptic:os corresponde la prio­ridad. La ortodoxia, basándose en que San Mateo era quien sabía mejor las cosas, por haberlas visto, o por testimonios muy recientes, consideró su Evangelio como escrito el primero de todos. Modernamente, por el con­trario, muchos de los mejores exégetas se han opuesto a esa pretensión, no viendo más que dos fuentes pro­piamente dichas de los Evangelios, San Marcos y la tra­dición oral, y dando la preferencia a ese Evangelio como dato más antiguo de la historia del Cristo. Aun los que rechazan esa hipótesis, y, avanzando más, hablan de una fuente escrita (diferente de nuestro San Marcos presen­te o de su autógrafo), como fundamento de la materia común a los tres Sinópticos, reconocen, sin embargo, que la forma más sencilla de tal materia se conserva todavía en el San Marcos canónico. Por mi parte, admi­tiría también algo semejante, si la hipótesis a que aludo no tropezase con graves dificultades críticas. Es incier­ta, sin duda, la fecha de su redacción, y tampoco sería justo alterar el orden del canon en sentido contrario al que campea en las dos opiniones mencionadas, sólo porque, a primera vista, el Evangelio de San Marcos casi nada ofrezca de original, y porque, en sus diez y seis capítulos, casi todo concuerde con los relatado por los otros dos Sinópticos, especialmente por San Mateo.
Empero, deducir de ahí (como ya San Agustín en parte lo intentó, en su tratado De consensu evaliRelistarum) que San Marcos es un documento posterior y una espe­cie de resumen de San Mateo y de San Lucas (del pri­mero más sumen de San Mateo y de San Lucas (del primero más que del último), me parece que es ir dema­siado lejos. Pesadas las cosas con la debida imparciali­dad, no puede cuestionarse que los Evangelios actua­les (dejando a un lado sus primitivas redacciones, que ya no existen) aparecen como simples misceláneas, en que los documentos originales se amalgamaron sin nin­gún esfuerzo de composición, y sin que, de parte de los autores respectivos, se manifestase y se descubriese nin­gún punto de vista personal. Ni es menos indiscutible que las numerosas semejanzas entre San Mateo y San Lucas no impiden que sus Evangelios sean, en definiti­va, independientes en partes muy esenciales de sus na­rraciones, ni que cada cual tenga partes que le pertene­cen exclusivamente, ni que la ordenación no sea igual en las mismas partes comunes, precisamente por repre­sentar el último, respecto del primero, un estado de com­binación voluntaria y de redacción reflexiva, en que se adivina el esfuerzo hecho para combinar diferentes ver­siones anteriores.

¿Y para cuando guardas la sobriedad?, se me dirá ¿O es tu crítica una simple y sistemática demolición, que a ningún resultado positivo llega? La contestación no es difícil. Yo busco, ante todo, épocas, no hombre:.. y sacrifico el autosoterismo de las obras al carácter co­lectivo de las creaciones del espíritu humano, carácter que nos permite apreciar mejor su origen social. Y, al obrar así, creo hallarrne con los secuaces de los más orientados métodos. La crítica platónica se ha ennoble­cido desde que se ha dejado de considerar las cartas atri­buidas al discípulo de Sócrates como auténticas, y se ha visto en ellas expresiones exactas de las opiniones políticas que circulaban entonces por el an1biente grie­go. De igual modo, el interés de la crítica del cristianis­mo primitivo reside menos en que sean o no apócrifas las epístolas del apóstol de las gentes, que en que sean indudablemente de aquellos tiempos, y en que estén escritas por personas bien informadas. Considerado de esta suerte, creo yo que el cristianismo primitivo nada pierde de su majestad. Pero si alguna duda pudiera quedar, y si algún remordimiento crítico pudiera asaltarme en el sostenimien­to franco y tenaz de mi hipótesis, una y otro se desvanecería ante la consideración de haber salida do desva­necerían ante la consideración de haber salido de talle­res también gnósticos los demás Evangelios apócrifos de que conservan memoria los anales patrísticos. Por­ que hasta aquí me he ocupado de los Evangelios apó­crifos, que, íntegros o en fragmentos, han llegado hasta nosotros. Pero mi exposición crítica quedaría incom­pleta, si no hablase de aquellos otros Evangelios apó­crifos, cuya existencia nos consta por las noticias que de ellos dieron los Padres de la Iglesia, y cuyos origi­nales, perdidos por completo, o destruidos por el cato­licismo triunfante, no han advenido a poder nuestro.
Tales son el Evangelio de los Hebreos, el Evangelio de los Nazarenos, el Evangelio de los Doce Apóstoles, el Evangelio Viviente (relacionado en parte con el de los Egipcios), el Evangelio de la Perfección (citado por San Epifanio como uno de los Evangelios gnósticos más condenables), el Evangelio de Apeles (derivado del de su maestro Marción), el Evangelio de Basilides, el Evan­gelio de Hesiquio, el Evangelio de Luciano, el Evange­lio de los Encratitas (asimilable al de Taciano), el Evan­gelio de San Tadeo, el Evangelio de San Matías (co­múnmente llamado tradición de Matías), el Evangelio de San Andrés, el Evangelio de Carpócrates, el Evan­gelio de Corinto, el Evangelio de los Arnmonitas, el Evangelio de los Simonianos (o partidarios de Simón de Gitton, el Mago) y el Evangelio de Santiago el Ma­yor. Pues bien: todos estos Evangelios son gnósticos, sin excluir el de los Hebreos (el que más difusión e importancia obtuvo desde un principio), puesto que, amén de estar inspirado en gran parte en el gnóstico Codex Nazaraeus, es el Evangelio que consigna la fábula de que el Jordán se llenó de fuego en el bautismo de Jesús, fábula muy acreditada en toda la tradición popular de los primeros siglos, y que resulta inexplicable de todo punto, si no se le da una interpretación gnóstica. Y el mismo Evangelio revela su gnosticismo en la escena de la transfiguración, en la que, conforme con la concep­ción de varias sectas gnósticas, hace del Espíritu la madre de Jesús.
El decreto del Pseudo-Gelasio introdujo, en su lista sesenta apócrifos neotestamentarios, muchos de ellos evangélicos. Hoffman cuenta veintisiete, entre los últimos, todos heréticos y gnósticos, y otros críticos hablan de cuarenta y cuatro y hasta de cincuenta y seis.
No hay que exagerar, sin embargo, su número, que no debió ser tan considerable como algunos presumen. Es indudable que a un mismo Evangelio se le daban dis­tintos nombres (sólo el Mateo canónico ha tenido diez), y que se creyó, en lo sucesivo, que eran otros tantos Evangelios diferentes. Los encratitas tuvieron por jefe a Taciano, de modo que los Evangelios de los unos y del otro constituyen un mismo libro. Los Evangelios de Hesiquio y de Luciano no son más que la revisión de los canónicos, hechos por ambos escritores sobre los manuscritos griegos, y los de Marción y de Apeles se aproximan a la redacción primitiva de San Lucas, por­que les faltan algunos pasajes de su texto actual. El Evangelio de Basilides es también un comentario de los canónicos, interpretados gnósticamente. Ya vimos que el Evangelio de San Felipe, el. más notable de los de origen gnóstico, y lleno de un panteísmo pronunciado, confúndenlo e identifícanlo muchos con el de Valentino. También vimos que, en algunos manuscritos, ciertos traductores. o copistas del Evangelio de Nicodemo qui­sieron hacerla pasar por Evangelio de los Nazarenos. El escritor musulmán Amed Aben Esdris atribuía a San Pedro el Evangelio árabe de la Infancia. Teodoreto men­ciona el Evangelio de San Pedro, pero solamente para atribuirlo a los nazarenos. Calmet, en la disertación so­bre los Evangelios apócrifos que precede al tomo VII de su Commentaire sur la Bible, suponía que el Evan­gelio de San Pedro, el de los Doce Apóstoles, el de los Nazarenos y el de los Hebreos, eran aparentemente los mismos bajo diversos títulos. Por lo menos, parece se­guro que el Evangelio de los Doce Apóstoles (como el de los Sesenta Discípulos), que ya Orígenes señalaba como herético, debía ser el mismo de los Hebreos, como sugirió San Jerónimo. Algunos le consideran igualo equivalente a las Memorabilia Apostolmum, obra muy estimada por los maniqueos occidentales y utilizada por Prisciliano, según nos dice Orosio. Otros, empero, lo colocan entre el Evangelio de los Egipcios, y los de Ba­silides, San Matías y Santo Tomás. Ni falta quien asi­mile el Evangelio de los Doce Apóstoles al que San Epifanio encontró entre los ebionitas, y del que reunió algunos fragmentos, traducidos por Preuschen. Lagarde publicó un texto sirio de las Didascalia Apostolo11lm, y las Reliquiae juris ecclesiastici antiquisimae contienen un Testamentum Domini Nostri Jesu Christi, en que se atribuyen al Salvador palabras pronunciadas ante los apóstoles, después de resucitar de entre los muertos, y otra obra de este género llegó hasta nosotros bajo el nombre de San Clemente Romano. Pero el tal documen­to no posee mayor autenticidad que los escritos del Cris­to a Pedro sobre los milagros, o que el himno atribuido a Jesús por los priscilianistas, y del que San Agustúl transcribe algunas estrofas.

Como documentos evangélicos fragmentarios, últi­mamente encontrados por la arqueología, recordaré dos: el del Fayum y el de Oxirinco. En un lote de papiros hallados en el Fayum y adquiridos, en 1882, por el archiduque Renner, descubrió y descifró Bickell, en 1885, un breve fragmento de texto evangélico, corres­pondiente, por su contenido, a unos pasajes de San Mateo (XX, 30, 34) Y de San Marcos (XIV, 26, 30). En él, el diálogo entre Jesús y Pedro es más vivo, más ani­mado y más original, al parecer, que en los textos canó­nicos. Muy cortos se han quedado ciertos críticos, al mirarle como una cita libre de un Evangelio canónico (San Marcos quizá), inserta en una homilía patrística. Favorece esta conjetura el ser su estilo diferente del de los Sinópticos, y el revelar mayor conocimiento del grie­go clásico. No obstante, parece más verosímil que se trate de un resto de algún Evangelio perdido, probable­mente del de los egipcios o del de los Hebreos. Cuanto a los fragmentos de Oxirinco, son en número de siete, y fueron descubiertos en Behuesa. Aparecen escritos en las caras de una hoja de papiro, que debió pertenecer a un libro, y traen siete logia o sentencias, a cada una de las cuales precede esta fórmula: "Dice Jesús", Algunas (la primera, la quinta y la sexta) corresponden-a pasajes de los textos canónicos (San Mateo, V, 14; Vil, 5; San Lucas, IV, 24; VI, 42), pero otras no guardan con ellos relación alguna. La más curiosa es la cuarta de esas sentencias: "Donde haya dos o tres, que estén reunidos, allí estará Dios. Donde haya uno solo, allí estaré yo. Levanta la piedra, y me hallarás. Corta la madera, y en ella me encontrarás". Mientras que unos críticos creen ver, en estos fragmentos, el origen de los Sinópticos, otros los juzgan residuos de un Evangelio perdido, el de los Egipcios acaso.

En 1904, Grefelly Hunt, los descubridores del pa­piro, publicaron una nueva serie de sentencias de Jesús y un fragmento de otro Evangelio. y a la serie de sen­tencias precede un prólogo, que aquellos investigado­ res traducen así: "He aquí las sentencias (¿admirables?) que Jesús, el Señor viviente, pronunció ante (¿Cephas?) y Tomás, diciéndoles: Quien oiga estos discursos, no gustará la muerte". Siguen cinco sentencias, las cuatro primeras de las cuales van precedidas de la fórmula: "Dice Jesús", y la última empieza con una pregunta de los discípulos al Señor. La primera sentencia recuerda una cita del Evangelio de los Hebreos, hecha por Cle­mente Alejandrino, Y las cuatro siguientes resultan de imposible identificación con ningún Evangelio, canó­nico o apócrifo. El fragmento de Evangelio perdido, editado a la vez que esoS logia, contiene la conclusión de un discurso de Jesús, análoga en una parte al Ser­món de la Montaña, Y las primeras líneas, aunque abre viadas son semejantes a los textos canónicos (San Mateo, V, 25, 28; San Lucas, XII, 27; XXI, 23). El fi­nal del fragmento reza así: "Y los discípulos le pregun­taron: ¿Cuándo te manifestarás a nosotros, y cuándo te veremos? Y él contestó: Cuando estéis desnudos, y, sin embargo, no sintáis vergüenza", respuesta que recuer­da una frase del Evangelio de los Egipcios, reproduci­da por Clemente Alejandrino. Pero la forma del logiol y las alusiones directas al Sepher Bereschith (ID, 7) in­dican una fecha muy anterior a la del texto actual del Evangelio de los Egipcios.
De 1905 a 1906, Grenfell y Hunt hallaron, también en Oxirinco, un fragmento de cuarenta y cinco líneas, que contiene una discusión de Jesús con los fariseos sobre las purificaciones legales. Aunque las expresio­nes de Jesús recuerdan a San Mateo (XV, 1,20; XXID, 16,25) Y a San Marcos (VII, 1,23), los giros y las ideas son muy diferentes. ¿Formaban esas expresiones parte del Evangelio hebreo, como estiman, algunos críticos? Lo ignoramos, por falta de prueba.<; suficientes. Esto no obstante, al ver la concordancia y la divergencia, según los casos, creo que los fragmentos del Fayum y de Oxirinco nos conducen a una época en que la canoni­cidad aún no existía, y en que la Iglesia no había abier­to entre ella y la apocrificidad un hiato profundo, en cuya sima yacen sepultadas en eterno olvido riquezas evangélicas de inestimable valor. Semejante proceder nacía de la superficialidad de los Padres de la Iglesia, que, no penetrando la sustancia de las razones críticas, se pagaban de motivos de edificación piadosa. En vez de encauzar el razonable discurso, asentando las zanjas de sólida exégesis, como debieran por su autoridad, los Padres usaron de tanta ligereza en sus juicios y en sus decisiones, que, llevados de su afán de religiosidad y de ortodoxia, dejaron por resolver cuestiones hermenéu­ticas de importancia suma, y dieron ocasión al extravío de los entendimientos y al dogmatismo en la fijación del canon neotestamentario que hicieron prevalecer, extravío y dogmalismo que reinaron después en la Igle­sia con estrago irreparable. Pero la erudición moderna, con sus investigaciones analíticas, ha vuelto por los fue­ros de la verdad histórica.

JESUCRISTO, EL LÍDER DE LOS HOMBRES - (Tal Como Se Describe En El Manuscrito Del Monasterio de Himis)

Capítulo I
Los judíos, descendientes de Israel, cometieron pecados tan horribles que la tierra tembló y los dioses del cielo lloraron, por que torturaron infinitamente y mataron a Issa, el gran alma en donde descansa el alma divina. Para hacer el bien a todos y eliminar los pensamientos pecaminosos de sus mentes, el alma divina descendió sobre ÉL. Y para ofrecer paz, felicidad y amor de dios a los pecadores y recordarles la gracia infinita de dios, descendió. Así lo describen los comerciantes que llegaron a este país desde la tierra de Israel.


Capítulo II
Las tribus de Israel vivían en una tierra muy fértil que producía dos cultivos al año. Tenían varios rebaños de ovejas y cabras. Por su acto pecaminoso, incurrieron en la cólera de Dios.
Por esta razón, Dios conquistó todas sus propiedades y los puso bajo la esclavitud del faraón, el poderoso gobernante de Egipto. Pero el faraón infringió una inhumana opresión sobre los descendientes de Israel. Les puso cadenas, les produjo heridas en los cuerpos, les privó de su modo de vida y les comprometió con duros trabajos, para que se mantuvieran siempre temerosos y no se consideraran hombres libres. Los hijos de Israel, expuestos así a una extrema dureza, rezaron al padre del universo, el salvador de sus antepasados, y le suplicaron piedad y ayuda.
En ese tiempo, un rico faraón, conocido por sus conquistas, se convirtió en el gobernante de Egipto; sus palacios eran levantados por sus esclavos. El faraón tenía dos hijos. El más joven de ellos se llamaba MOSA. Estaba versado en las ciencias y en las artes, y era querido por todos por su buen carácter y su compasión por los sufrimientos.
Vio que los descendientes de Israel sufrían una dureza extrema pero no habían perdido la fé en el Padre del Universo ni veneraban a los numerosos pequeños dioses de los egipcios. Mosa creía en un sólo dios. Los sacerdotes, maestros de los israelitas, suplicaron a Mosa, diciéndoles que si él pedía a su padre, el faraón, que le ayudara a sus compañeros, eso traería el bien para todos.
Cuando Mosa trasladó esta súplica a su padre, éste se enfadó mucho y empezó a oprimir más a sus súbditos. Pero al poco tiempo, Egipto fue visitado por una gran plaga que comenzó a matar a jóvenes y viejos, a ricos y pobres. El faraón pensó que los dioses estaban enfadados y que le estaban castigando. En ese tiempo, Mosa le dijo a su padre que el Padre del Universo estaba castigando a los egipcios como un acto de gracia hacia los pobres súbditos oprimidos.
A su debido tiempo, por la gracia del Padre del universo, los hijos de Israel comenzaron a encontrar prosperidad y libertad.
Capítulo III
El Dios supremo, Padre del Universo, por su gran compasión hacia los pecadores, deseó aparecer en la tierra en forma humana. Esa encarnación se presentó con un alma separada de ese alma suprema que no tiene principio ni fin y está por encima de todas las consecuencias. Descendió para mostrar cómo un alma puede unirse con Dios y realizar su bendición eterna.
Y asumió una forma humana para demostrar en su propia vida de qué modo un mortal puede conseguir la rectitud y separar el alma del cuerpo mortal para ganar la inmortalidad y dirigirse a ese cielo del Padre del universo en donde hay bendición eterna.
Apareció como un niño inmaculado en la tierra de Israel. El niño se convirtió en el portavoz del Padre del Universo para explicar la naturaleza transitoria del cuerpo y la gloria del Alma.
Los padres de ese niño eran pobres, pero muy devotos y de alta cuna. No prestaban atención a las posesiones terrenas para proclamar el nombre y la gloria de Dios y la creencia en que el Señor del universo sólo les hacía sufrir para ponerles a prueba.
El Señor del Universo bendijo a ese hijo primogénito para recompensar su paciencia y le envió para salvar a los pecadores y curar a los afligidos. Ese niño divino fue llamado Issa. Durante su infancia exhortó a la gente a ser devota y respetuosa con el Único Señor del Universo y a los pecadores a abstenerse de los actos pecaminosos y arrepentirse.
Gentes de todas partes venían a escuchar la sabiduría que salía por la boca de ese niño y los hijos de Israel proclamaron unánimemente que el Alma Suprema, infinita y piadosa, que no conoce, que no conoce principio ni fin, existía en ese niño.
Con el curso del tiempo, Issa cumplió su decimotercer año. Los israelitas, según su costumbre nacional, se casan a esa edad. Sus padres solían vivir como personas ordinarias. Esa humilde casa suya fue lugar de llegada de los ricos y los aristócratas. Todo el mundo estaba ansioso de tener a Issa como yerno. Issa no quería casarse. ya había alcanzado fama por su exposición de la naturaleza de Dios. Ante las proposiciones de matrimonio, decidió abandonar en secreto la casa de su padre.
En ese tiempo era muy fuerte en su mente el deseo de alcanzar la perfección mediante el servicio devoto a Dios y el de estudiar religión con los que habían alcanzado la iluminación. Abandonó Jerusalén, se unió a un grupo de comerciantes, y partió hacia la tierra de Sind (el valle inferior del Indo, al sur de Pakistán) donde solían comprar mercancías para exportar a otros países.
Capítulo IV
ÉL, a la edad de 14 años, cruzó el norte del Sind y entró en la tierra sagrada de los Arios. Mientras viajaba solo por la tierra de los cinco rios (el Punjab), sus rasgos mayésticos, su rostro lleno de paz y la amplia frente impulsaron a los jainitas devotos a reconocerle como aquél que ha recibido la piedad del Señor.
Le pidieron que se quedara en sus templos. Pero no aceptó esa invitación por que en aquel tiempo no quería las atenciones de otros. Siguiendo su camino llegó al hogar de Jagannath, el país de la representación mortal de Vyasa-Krishna (representación mortal, describe la acción de un dios que representa un papel, es decir, adopta una forma mortal que empieza con el nacimiento y termina con la muerte, con un fin específico, como en las encarnaciones de krishna), y se hizo discípulo de los brahmanes. Se hizo querer por todos y allí empezó a leer, a aprender y a exponer los vedas.
Tras vivir allí durante seis años, con los monjes budistas, aprendió el pali y empezó a estudiar las escrituras budistas. Desde allí recorrió el Nepal y el Himalaya, y se dirigió después hacia el oeste. Llegó gradualmente a Persia, en donde se seguían las doctrinas de Zaratrusta (En aquel tiempo, Jesús estuvo al lado de una laguna cercana a Kabul para lavarse las manos y los pies y descansó allí algún tiempo. esa laguna todavía existe y se le cpnoce con el nombre de "laguna de Issa". Para celebrar el acontecimiento, todos los años se celebra una feria en ese lugar. En un libro arábigo se menciona el nombre de Tarig-A-Ajham).
Pronto su fama se extendió por todas partes. Así regresó a su patria a la edad de 29 años y empezó a extender la palabra de paz entre sus compatriotas oprimidos.
(El reverendo lama dijo... que tres o cuatro años después, él (Jesús) abandonó su cuerpo, que el manuscrito original había sido escrito en palo a partir de las descripciones de todos los tibetanos que le habían conocido en aquel tiempo, así como las descripciones de los comerciantes que presenciaron con sus propios ojos su crucifixión por el rey de su país. Añadió que no cabía duda de que si todas las opiniones corrientes en diversos lugares con respecto a la estancia de cristo en la India se recogían y publicaban en un libro, éste sería un valioso documento).

La Vida del Santo ISA, el mejor de los hijos del hombre


Capítulo ILa tierra ha temblado y los cielos llorado por un gran crimen que se ha cometido en la tierra de Israel. Pues han torturado y condenado a muerte al grande y justo Issa, en quien habita el alma del universo. El cual fue encarnado como un simple mortal para hacer el bien a los hombres y exterminar sus malos pensamientos. Y para devolver al hombre degradado por sus pecados una vida de paz, amor y felicidad, y recordarle al Creador único e invisible, cuya piedad es infinita y no tiene límites. Escucha lo que los mercaderes de Israel nos relatan sobre el tema.
Capítulo II
El pueblo de Israel, que habita una tierra fértil que da dos cultivos al año y posee grandes rebaños, causó con sus pecados la cólera de Dios. Quien les inflingió un castigo terrible, separándolos de su tierra, su ganado y sus posesiones. Israel se vio reducida a la esclavitud por los poderosos y ricos faraones que reinaban entonces en Egipto.
Estos trataron a los israelitas peor que a animales, encomendándoles las tareas difíciles y cargándoles de cadenas. Cubrieron sus cuerpos de moretones y heridas, sin darles alimento ni permitirles habitar bajo techo, para mantenerles en estado de continuo terror y privarles de toda semejanza humana. Y en su gran calamidad, el pueblo de Israel recordó a su protector celeste y, dirigiéndose a él, imploró su gracia y su piedad.
Reinaba entonces en Egipto, un faraón ilustre que se hizo famoso por sus numerosas victorias, las riquezas que había amontonado y sus vastos palacios que habían erigido sus esclavos para él con sus propias manos. Este faraón tuvo dos hijos, el más joven de los cuales se llamaba MOSSA. Los israelitas instruidos le enseñaron diversas ciencias.
Llamaron a Mossa en Egipto por su bondad y la compasión que mostraba por todos los que sufrían. Viendo que los israelitas, a pesar de los sufrimientos intolerables que soportaban, no abandonaban a su dios para venerar a aquellos hechos por la mano del hombre, que eran los dioses de la nación egipcia, Mossa creyó en su Dios invisible, quien no permitía que les abandonaran las fuerzas.
Y los preceptores israelitas excitaron el ardor de Mossa y recurrieron a él, rogándole para que intercediera ante su padre, el Faraón, en favor de sus correligionarios. Por eso el Príncipe Mossa fue ante su padre, suplicándole que mejorara el destino de esos desgraciados. Pero el Faraón se enfadó con él y sólo aumentaron los tormentos sufridos por sus esclavos. (Nótese que aquí hay un error, pues, en realidad, el Faraón (padre) ya había fallecido, y es su hijo quien toma el poder. Con él habla Moisés. Moisés es nombrado como su hijo, el segundo, cuando no lo fue realmente, sino rescatado del las aguas del Nilo).
Sucedió que poco tiempo después, un gran mal visitó Egipto. La pestilencia llegó a diezmar a los jóvenes y a los ancianos, a los débiles y a los fuertes; y el faraón creyó en el resentimiento de sus dioses contra él. Pero el Príncipe Mossa le dijo a su padre que era el Dios de los esclavos quien estaba intercediendo en favor de esos desgraciados, castigando a los egipcios.
El Faraón dio entonces a Mossa, su hijo, la orden de llevarse a todos los esclavos de raza judía, conducirlos fuera de la ciudad y fundar a gran distancia de la capital otra ciudad en donde habitara con ellos. Mossa hizo entonces saber a los esclavos hebreos que él les había liberado en el nombre de su Dios, el Dios de Israel, y se fue con ello de la ciudad y de la tierra de Egipto.
Les condujo a la tierra que habían perdido por sus numerosos pecados, les dio leyes y se unió a ellos para rezar siempre al Creador Invisible cuya bondad es infinita. A la muerte del Príncipe Mossa, los israelitas observaron con piedad sus leyes, por lo que Dios les recompensó por los males que les había expuesto en Egipto. Su reino se hizo el más poderoso de todos los de al tierra, sus reyes se hicieron famosos por sus tesoros y una larga paz reinó entre el pueblo de Israel.
Capítulo III
La gloria de las riquezas de Israel se extendió por toda la tierra y las naciones vecinas les envidiaron. Pero el Supremo mismo conducía los ejércitos victoriosos de los Hebreos y los paganos no se atrevían a atacarles.
Desgraciadamente, como el hombre no siempre es fiel consigo mismo, la fidelidad de los israelitas para con un dios no duró mucho. Empezaron a olvidar a todos los favores que se habían amontonado sobre ellos, sólo raramente invocaban su nombre y buscaron la protección de magos y brujos.
Los reyes y capitanes sustituyeron por sus leyes a las que Mossa había escrito para ellos. El templo de Dios y la práctica de la veneración fueron abandonados. El pueblo se entregó al placer y perdió su pureza original.
Varios siglos habían pasado desde que se fueron de Egipto cuando Dios decidió volver a castigarles. Extranjeros empezaron a invadir la tierra de Israel, devastando el país, arruinando los pueblos y levando en cautividad a sus habitantes. Y llegaron allí los paganos del país de ROMELES, del otro lado del mar. Sometieron a los hebreos y establecieron entre ellos jefes militares que les gobernaban por delegación del César.
Destruyeron los templos, obligaron a los habitantes a dejar de venerar al Dios Invisible y a sacrificar víctimas a las deidades paganas. Hicieron guerreros de los que habían sido nobles, las mujeres fueron separadas de sus esposos y las clases inferiores, reducidas a la esclavitud, fueron enviadas por miles mas allá de los mares. En cuanto a los niños, fueron pasados por l espada. pronto, en toda la tierra de Israel, sólo se oían gemidos y lamentaciones. En esta situación extrema, el pueblo recordó a su gran Dios. Imploraron su gracia y pidieron que les perdonara, y Nuestro Padre, en su piedad inagotable, escuchó sus ruegos.
Capítulo IV
En ese tiempo llegó el momento en el que el Juez todo misericordioso eligió encarnarse en el ser humano. Y el Espíritu eterno, habitando en un estado de inacción completa y de suprema beatitud, despertó y se separó del Ser Eterno por un período indefinido, para mostrar, bajo la apariencia de la humanidad, los medios de auto identificación con la divinidad y de alcanzar la felicidad eterna.
Y para demostrar con el tiempo cómo el hombre puede alcanzar la pureza moral y, separando su alma de su envoltura mortal, el grado de perfección necesario para entrar en el Reino de los Cielos, que es inmutable y donde la felicidad reina eternamente. Poco después, un niño maravilloso nacía en la tierra de Israel, hablando el propio Dios por la boca de ese niño sobre la fragilidad del cuerpo y la grandeza del alma.
Los padres del niño recién nacido eran pobres, pertenecían por nacimiento a una familia de notable piedad, que olvidando su antigua grandeza sobre la tierra, alababa el nombre del Creador y le agradecían los males con que quería probarles. Para compensarles por no apartarse del camino de la verdad, Dios bendijo al primer hijo de esa familia. Lo tomó como su elegido y lo envió para ayudar a los que habían caído en el Mal y a curar a los que sufrían.
El niño divino, a quien dieron el nombre de ISSA, empezó desde sus más tiernos años a hablar del Dios único e indivisible, exhortando a las almas de los que se habían perdido, al arrepentimiento y la purificación de los pecados de los que eran culpables.
De todas partes llegaron gentes para oírle y se maravillaban de los discursos procedentes de su boca infantil. Todos los israelitas estaban de acuerdo al decir que el Espíritu Eterno habitaba en ese niño.
Cuando Issa alcanzó la edad de trece años, la época en la que un israelita puede tomar esposa, la casa en donde sus padres se ganaban la vida con un oficio modesto empezó a ser lugar de reunión de ricos y nobles, deseosos de tener como yerno al joven Issa, famoso ya por sus discursos edificantes en el nombre del Poderoso.
Fue entonces cuando Issa abandonó la casa de sus padres en secreto, se fue de Jerusalén y partió con los mercaderes hacia Sind, con el objetivo de estudiar las leyes de los grandes Budas.
Capítulo V
En el curso de su decimocuarto año, el joven Issa, bendecido por Dios, llegó a este lado del Sind y se estableció entre los arios en la tierra amada por Dios. La fama extendió la reputación de este niño maravilloso por todo el Norte del Sind y, cuando cruzó el país de los cinco ríos y el Rajputana, los devotos del dios Jaine le rogaron para que se quedara entre ellos.
Pero abandonó a los veneradores erróneos de Jaine y fue a Juggernaut, en el país de Orissa, donde reposan los restos mortales de Vyasa-krishna, y donde los sacerdotes blancos de Brahma le dieron una alegre bienvenida. Ellos le enseñaron a leer y a entender los Vedas, a curar por medio de la oración, a enseñar, a explicar las Sagradas Escrituras a la gente, y a sacar los espíritus malignos de los cuerpos de los hombres, restaurándoles su cordura.
Pasó seis años en Juggernaut, en Rajagriha, en Benarés, y en otras ciudades santas. Todo el mundo le amaba, pues Issa vivía en paz con los vaisyas y los sudras, a quienes instruía en las Sagradas Escrituras.
Pero los brahmanes y los kshatriyas le dijeron que estaba prohibido por el Gran Brahma acercarse a aquellos a quien él había creado de su costado y de sus pies; que los vaisyas sólo estaban autorizados a escuchar la lectura de los vedas en los días festivos; que los sudras tenían prohibido no sólo asistir a la lectura de los vedas, sino también contemplarlos, pues su condición era la de servir a perpetuidad como esclavos de los brahmanes, los kshatriyas e incluso los vaisyas.
"Sólo la muerte les puede liberar de su esclavitud", dice el Para-Brahma. Déjales entonces y ven a venerar con nosotros a los dioses que se pondrán en contra tuya si les desobedeces. Pero Issa no escuchó su discurso y se dirigió a los sudras, predicando contra los Brahmanes y los kshatriyas.
Condenó el acto de un hombre que se abrogara el poder de privar a sus semejantes de sus derechos de humanidad, diciendo: "pues Dios, el padre, no hace diferencias entre sus hijos; para él todos son igualmente queridos".
Issa negaba el origen divino de los vedas
y los puranas. Y les enseñaba a sus seguidores: "Pues ya ha sido dada una ley al hombre que lo guíen en sus acciones: Teme a tu dios, arrodíllate sólo ante él y sólo a él llévale las ofrendas de tus ganancias".
Issa negaba el Trimurti (Trinidad) y la encarnación del Parabrahma en Vishnu, Shiva y otros dioses, pues decía: "El Juez Eterno, el Espíritu Eterno, comprende la única e indivisible alma del Universo, que ella sola, crea, contiene y vivifica todo.
"Él solo ha querido y creado, él sólo ha existido desde toda la eternidad, y su existencia no tendrá fin. Él no tiene igual ni en los cielos ni en la tierra. El Gran Creador no ha compartido su poder con ningún ser vivo, menos aún con objetos inanimados, tal como os han enseñado, pues sólo él posee omnipotencia. Él lo quiso y el mundo apareció. En un pensamiento divino, en un pensamiento divino reunió las aguas, separándolas de la parte seca del globo. Él es el principio de la existencia misteriosa del hombre, en quien ha alentado una parte de su ser. Él ha subordinado al hombre la tierra, las aguas, los animales y todo lo que ha creado y lo que él mismo conserva en un orden inmutable, fijando para cada cosa duración. La cólera de Dios pronto se soltará contra el hombre; pues este ha olvidado a su Creador, ha llenado sus templos con abominaciones y venera a una multitud de criaturas que Dios ha hecho subordinadas a él. Pues para honrar a las piedras y metales, sacrifica seres humanos en los que habita una parte del Espíritu del Supremo. Pues humilla a los que trabajan con el sudor de su frente para adquirir el favor de un ocioso sentado en una mesa suntuosa. Los que privan a sus hermanos de la divina felicidad serán también ellos privados. Los brahmanes y kshatriyas se convertirán en sudras y con los sudras habitará el Eterno para siempre. Porque en el día del Juicio Final los sudras y los vaisyas serán perdonados por su ignorancia, mientras Dios, por el contrario, castigará con su cólera a los que se han arrogado sus derechos".
Los sudras y los vaisyas se llenaron de gran admiración y preguntaron a Issa que cómo podían rezar para no perder su felicidad eterna.
"No veneréis a los ídolos pues ellos no os escuchan. No escuchéis los Vedas, pues su verdad es falsa. No os pongáis nunca en primer lugar y no humilléis nunca a vuestro prójimo. Ayudad al pobre, apoyad al débil, no hagáis mal a nadie, y no deseéis lo que no tenéis y veis que pertenece a otro".
Capítulo VI
Los sacerdotes blancos y los guerreros, al conocer los discursos de Issa dirigidos a los sudras, decidieron su muerte y enviaron con esa intención a sus criados para que buscaran al joven profeta. Pero Issa, advertido del peligro por los sudras, abandonó la región de Juggernaut por la noche, llegó a la montaña y se estableció en el país de Gautamides, el lugar de nacimiento del Gran Buda Sakyamuni, en medio de un pueblo que veneraba al único y sublime Brahma.
Tras haberse perfeccionado en la lengua pali, el justo Issa se aplicó al estudio de las Escrituras Sagradas de los sutras. Seis años después, Issa, a quien había elegido el Buda para extender su santa Palabra, se había convertido en un perfecto intérprete de las escrituras Sagradas.
Abandonó entonces Nepal y las montañas del Himalaya, descendió al valle del Rajputana y fue hacia el Oeste, predicando a diversos pueblos la perfección suprema del hombre, que es: "Haz bien a tu prójimo, pues ese es el medio seguro para fundirse rápidamente con el espíritu Eterno. El que haya recuperado su pureza original morirá habiendo obtenido el perdón de sus pecados y tendrá el derecho a contemplar la majestad de Dios."
Al cruzar territorios paganos, el divino Issa enseñaba que la veneración de dioses visibles era contraria a la ley de la naturaleza, pues "al hombre no se le ha permitido ver la imagen de Dios, y sin embargo, él ha hecho una serie de deidades a semejanza del Eterno. Además, es incompatible con la conciencia humana sacar menos materia de la grandeza de la pureza divina que de los animales y objetos ejecutados por la mano del hombre en piedra o metal. El Legislador Eterno es uno, no hay otro dios salvo él. Él no ha compartido el mundo con nadie, ni ha informado a nadie de sus intenciones. Así como un padre actuaría con sus hijos, así Dios juzgará a los hombres tras su muerte, según sus leyes piadosas. Nuca humillaría a su hijo transmigrando su alma, como en un purgatorio, al cuerpo de un animal. La Ley Celestial -decía el creador por la boca de Issa- se opone a la inmolación de sacrificios humanos ante una imagen o un animal; pues ha consagrado al hombre todos los animales y todo lo que contiene la tierra. Todas las cosas han sido sacrificadas al hombre, quien está directa e íntimamente relacionado conmigo, su padre; por tanto el que me haya robado a mi hijo será severamente juzgado y castigado por la Ley Divina. El hombre no ed nada ante el Juez Eterno, como el animal no es nada ante el hombre. Por lo tanto os digo, dejad vuestros ídolos y no realicéis ritos que os separan de vuestro padre, asociándoos con los sacerdotes de quienes los cielos se han apartado. Pues son ellos los que se han alejado del Dios verdadero y cuyas supersticiones y crueldades conducen a la perversión de vuestra alma y la pérdida de todo sentido moral."
Capítulo VII
Las palabras de Issa se extendieron entre los paganos en los países que atravesó y los habitantes renunciaron a sus ídolos. Viendo lo que los sacerdotes imponían sobre Él que glorificaba el nombre del Dios verdadero, razonó en presencia de las gentes los reproches que hacía contra ellos y demostró que sus ídolos no eran nada.
Issa les respondió: "Si vuestros ídolos y vuestros animales son poderosos y poseen realmente una fuerza sobrenatural, dejad que me golpeen y me hagan caer sobre la tierra". Los sacerdotes contestaron: "Haz, entonces, un milagro y que tu dios confunda a nuestros dioses, si es que ellos le inspiran desprecio".
Pero Issa respondió entonces: "Los milagros de nuestro dios han actuado desde el primer día que fue creado el Universo; sucede todos los días en todos los momentos. Quien no los vea está privado de uno de los mayores dones de la vida. y no es contra trozo de piedra, metal o madera, inanimados, que la cólera de Dios caerá, sino que caerá sobre los hombres que, si desean su salvación, deben destruir todos los ídolos que hayan hecho. Hasta una piedra y un grano de arena, que nada son a la vista del hombre, esperan pacientemente el momento en que ÉL haga uso de ello. Así el hombre debe esperar el gran favor que Dios le concederá en su Juicio Final Así que afligíos enemigos de los hombres, si no es un favor lo que esperáis, sino mas bien la cólera de la divinidad, afligíos los que esperad milagros para presenciar su poder. Pues no es a ídolos a los que aniquilará en su cólera, sino a aquellos que los han levantado. Sus corazones se consumirán en el fuego eterno y sus cuerpos lacerados irán a saciar el hambre de las bestias salvajes. Dios separará al impuro de sus rebaños, pero atraerá de nuevo hacia ÉL a aquellos que se han perdido por no haber reconocido la parte de espiritualidad que tiene en ellos".
Viendo la falta de poder de sus sacerdotes, los paganos tuvieron todavía mayor fe en lo que decía Issa, y temiendo la cólera de la divinidad, rompieron en pedazos sus ídolos. Los sacerdotes huyeron para escapar a la venganza de las gentes. Issa enseñó también a los paganos a no esforzarse para ver el Espíritu Eterno con sus ojos, sino para sentirlo en sus corazones y hacerse digno de sus favores por la pureza del alma.
Les dijo: "absteneos no sólo de realizar sacrificios humanos, sino también de no inmolar a ninguna criatura que tenga vida, pues todas las cosas que existen han sido creadas para beneficio del hombre. No robéis los bienes de vuestro prójimo, pues le privaríais de lo que ha ganado con el sudor de su frente. No engañéis y no seréis engañados. esforzaos por justificaros ante el Juicio Final, pues entonces será demasiado tarde. No os abandonéis al libertinaje, pues eso violaría las leyes de Dios. Alcanzaréis la felicidad suprema no sólo purificándoos a vosotros, sino también guiando a otros por el camino que les permita obtener la perfección original.
Capítulo VIII
Las profecías de Issa resonaron en los países vecinos, y cuando entró en Persia, los sacerdotes se alarmaron y prohibieron a los habitantes escucharles. Y cuando vieron a todos los pueblos recibirle con alegría y escuchar devotamente sus sermones, dieron órdenes para arrestarle y llevarle ante el Sumo Sacerdote, donde sufrió el siguiente interrogatorio:
"De qué nuevo dios hablas? ¿No sabes, desgraciado, que el santo Zoroastro es el único justo admitido al privilegio de comunión con el Ser Supremo? ¿Quién ordenó a los ángeles poner en escritura la palabra de Dios para el uso de su pueblo, las leyes que le fueron dadas a Zoroastro en el Paraíso? ¿Quién eres tú que te atreves aquí a blasfemar de nuestro dios y a sembrar la duda en el corazón de los creyentes?"
Entonces Issa les dijo: "No es de un nuevo dios de quien hablo sino de nuestro Padre celestial, quien ha existido siempre y seguirá existiendo al final de todas las cosas. Es de ÉL de quien hablo a las gentes, que como niños inocentes no son capaces todavía de entender a Dios con la fuerza simple de su inteligencia, ni de penetrar en su divina y espiritual sublimidad. Pero así como un recién nacido descubre en la oscuridad el pecho de su madre, así vuestras gentes, que han sido conducidas al error por vuestra equivocada doctrina y vuestras ceremonias religiosas, han reconocido por instinto a su padre en el Padre de quien yo soy el profeta. El Señor Eterno ha dicho a vuestras gentes, por medio de mi boca: "no veneréis el sol, pues es sólo una parte del mundo que yo he creado para el hombre". El Sol se eleva para calentaros durante el trabajo; se pone para permitiros el reposo que yo mismo he designado. Es a mí a quien debéis todo lo que poseéis, todo lo que encontráis en vosotros, por encima de vosotros y por debajo de vosotros".
Dijeron entonces los sacerdotes: "¿Pero cómo puede vivir un pueblo con las normas de justicia si no tiene preceptores?" Respondióles entonces Issa: "Cuando el pueblo no tenía sacerdotes, la ley natural les gobernaba y conservaba el candor de sus almas. Sus almas estaban con Dios, y para comulgar con el Padre no recurrían a un ídolo o animal, ni al fuego, como se practica aquí. Afirmáis que uno debe venerar al Sol, el espíritu del Bien y del Mal. Pues bien, yo os digo que vuestra doctrina es falsa, que el Sol no actúa espontáneamente sino de acuerdo con la voluntad del Creador Invisible que lo hizo. Y Él ha sido el que querido que sea la estrella que ilumine el día, que caliente durante el trabajo y cuando el hombre siembra. El Espíritu Eterno es el alma de todo lo que está animado. Cometéis un gran pecado al dividirlo en un espíritu del Mal y un espíritu del Bien, pues no hay Dios fuera del Bien. Bien, como un padre de familia, sólo hace bien para sus hijos, olvidando todas sus faltas si estos se arrepienten. El espíritu del Mal habita en la tierra en los corazones de aquellos hombres que separan a los hijos de Dios del camino recto. Por tanto os digo: tened cuidado del día del Juicio, pues Dios infringirá un castigo terrible a aquellos que hayan conducido a sus hijos fuera del camino correcto y les hayan llenado de supersticiones y prejuicios, aquellos que hayan cegado a los que ven, contagiado a los sanos, y enseñado a venerar las cosas que Dios ha subordinado al hombre para su bien y su ayuda en el trabajo. Vuestra doctrina es, por tanto, el fruto de vuestros errores; pues deseando acercaros a la verdad de Dios, habéis creado falsos dioses".
Tras escucharle, los magos decidieron no hacerle daño. Pero por la noche, cuando toda la ciudad dormía, le condujeron fuera de las murallas y le abandonaron en el camino con la esperanza de que fuera pronto víctima de los animales salvajes. Pero, protegido por el Señor, nuestro Dios, el Santo Issa siguió su viaje sin molestias.
Capítulo IX
Issa, a quien el Creador había elegido para recordar a la humanidad depravada el verdadero Dios, había llegado a 29 años, cuando decidió regresar a la tierra de Israel. Desde que se había ido, los paganos habían infringido sufrimientos aún más atroces a los israelitas, que eran víctimas del desaliento más profundo.
Entre ellos, muchos habían empezado ya a abandonar las leyes de Dios. y las de Mossa con la esperanza de apaciguar a sus salvajes conquistadores. Frente a todo ese mal, Issa exhortó a sus compatriotas a no desesperar, por que el día de la redención de los pecados estaba cercano, y le confirmó en la creencia que tenían en el dios de sus padres.
"Hijos, no abandonéis a la desesperanza", decía el Padre Celestial por boca de Issa, "pues he oído vuestra voz y vuestros gritos han llegado hasta mí. No lloréis amados míos, pues vuestra pena ha conmovido el corazón de vuestro padre y ÉL os ha perdonado, incluso ha perdonado a vuestros antepasados. No dejéis que vuestras familias se hundan en el libertinaje y no perdáis la nobleza de vuestros sentimientos y no veneréis a ídolos que permanecerán mudos ante vuestras voces. Llenad mi templo con vuestra esperanza y paciencia y no abjuréis de la religión de vuestros padres; pues sólo yo les he guiado y les he llenado de beneficios. Levantad a los que han caído, dad de comer al hambriento y ayudar al enfermo, para ser totalmente puros y justos en el día del Juicio Final que preparo para vosotros".
Los israelitas iban en multitud a oír la palabra de Issa, preguntándole dónde debían alabar al Padre Celestial, ya que el enemigo había derribado sus templos y derramado sus vasos sagrados. Issa les respondió que Dios no veía los templos erigidos por las manos del los hombres, y que el corazón humano era el verdadero templo de Dios."Entrad en vuestro templo, en vuestro corazón. Iluminadlo con buenos pensamientos y la paciencia y confianza inamovible que debéis tener en vuestro Padre. Y vuestros recipientes sagrados son las manos y los ojos. Ved y haced lo que es agradable para Dios, pues al hacer el bien a vuestro vecino realizáis un rito que embellece el templo en el que habita aquel que os dio la vida. Pues Dios os ha creado a su semejanza: inocentes, con almas puras y corazones llenos de bondad, destinados no a la concepción de planes malignos, sino a ser santuarios del amor y la justicia. Por tanto os digo, no ensombrezcáis vuestros corazones, pues el, Ser Supremo habita allí eternamente. Si deseáis realizar obras marcadas por el amor o la piedad, hacedlas con el corazón abierto y no dejéis que vuestros actos sean gobernados por cálculos o esperanzas de ganancia. Pues esas acciones no ayudarán a vuestra salvación y caerías en ese estado de degradación moral en el que el robo, la mentira y el asesinato pasan por actos temerosos".
Capitulo X
El santo Issa fue de una cuidad a otra, fortaleciendo con la palabra de Dios el valor de los israelitas, quienes estaban preparados a sucumbir ante el peso de su desesperanza, y miles de hombres le seguían para escucharle predicar. Pero los jefes de las ciudades tuvieron miedo de él, le hicieron saber al Gobernador Principal que habitaba en Jerusalén que un hombre llamado Issa había llegado al país; que estaba animando con sus discursos al pueblo en contra de las autoridades; que la gente le escuchaba con asiduidad, despreciaba las obras del Estado y afirmaba que no pasaría mucho tiempo antes de que se libraran de sus gobernantes intrusos.
Entonces, Pilatos, el gobernador de Jerusalén, ordenó que arrestaran a la persona del predicador Issa, que le llevaran a la ciudad y le condujeran ante los jueces. Pero para no excitar la cólera del populacho, Pilatos encargó a los sacerdotes y ancianos hebreos instruidos que le juzgaran en el templo. Entre tanto Issa, siguiendo sus prédicas, llegó a Jerusalén; y al conocer su llegada, todos los habitantes, sabedores de su fama, salieron a saludarle.
Le saludaron con respeto y le abrieron las puertas de su templo para oír de su boca lo que había dicho en otras ciudades de Israel. E Issa les dijo: "La raza humana perece por su falta de fe, pues la oscuridad y la tempestad han desbandado a los rebaños de la humanidad y han perdido sus pastores. Pero la tempestad no durará siempre, y la oscuridad no siempre tapará la luz. El Cielo volverá a ser más sereno, la luz celestial se extenderá sobre la tierra y los rebaños perdidos se reunirán alrededor de su pastor. No os esforcéis para encontrar caminos rectos en la oscuridad, para no caer en un foso: lo que debéis es reunir las fuerzas restantes y ayudaros unos a otros, poned vuestra confianza en Dios y esperad hasta que aparezca la luz. El que sostenga a su prójimo a sí mismo se sostiene; quien protege a su familia, protege al pueblo y al estado. Pues está cerca el día en que seréis librados de la oscuridad; os reuniréis de nuevo con una familia; y vuestro enemigo, que ignora lo que es el favor de Dios, temblará de miedo".
Los Sacerdotes y ancianos que lo escuchaban, llenos de admiración por su discurso, le preguntaron si era cierto que había tratado de poner al pueblo en contra de las autoridades del país, tal como se lo había dicho el Gobernador Pilatos.
"¿Se puede incitar a la insurrección a hombres perdidos, a quienes la oscuridad ha ocultado la puerta y el camino?" contestó Issa. "Sólo he advertido a los desafortunados, como hago aquí en este templo, que no deben avanzar sobre el camino oscuro, pues un abismo se abre bajo sus pies. El poder terrenal no es de larga duración y está sometido a muchos cambios. ¿De qué sirve que el hombre se revuelva contra él, puesto que un poder sucede siempre al otro? Y así sucederá hasta la extinción de la humanidad. ¿No veis que los poderosos y los ricos siembran entre los hijos de Israel un espíritu de rebelión contra el poder eterno de los cielos?"
Los ancianos preguntaron entonces: "¿Quién eres tú y de qué país vienes? No hemos oído hablar de tí antes y no sabemos ni siquiera tu nombre". Issa contestó: "Yo soy un israelita. Desde el día de mi nacimiento vi los muros de Jerusalén y oí el llanto de mis hermanos reducidos a la esclavitud y las lamentaciones de mis hermanas llevadas por los paganos. Y mi alma se llenó de tristeza al ver que mis hermanos habían olvidado al auténtico Dios. De niño, abandoné la casa de mi padre y fui a habitar entre otros pueblos. Pero oyendo que mis hermanos sufrían todavía torturas mayores, he vuelto al país donde habitaron mis padres para recordar a mis hermanos la fe de sus antepasados que nos enseña paciencia en la tierra para obtener felicidad perfecta y sublime en el cielo".
Y los ancianos instruidos le hicieron esta pregunta: "Se dice que niegas las leyes de Mossa y que enseñas al pueblo a abandonar el templo de Dios". E Issa respondió: "No se puede demoler lo que nos ha dado nuestro Padre Celestial, ni lo que ha sido destruido por los pecadores; yo he liberado de toda mancha la purificación del corazón pues ese es el templo mauténtico de Dios. En cuanto a las leyes de Mossa, me he esforzado por establecerlas en los corazones de los hombres. Y os digo que no entendéis su verdadero significado, pues no es la venganza sino piedad lo que enseña. Sólo el sentido de esas leyes se ha pervertido".
Capítulo XI
Tras haber oído a Issa, los sacerdotes y los ancianos decidieron no juzgarle, pues no hacía daño a nadie. Presentándose ante Pilatos, designado Gobernador de Jerusalén por el Rey pagano del país Romeles, se dirigieron a él de este modo: "Hemos visto al hombre a quien tú acusas de iniciar a nuestro pueblo a la rebelión; hemos oído su discurso y sabemos que es nuestro compatriota. Pero los jefes de las ciudades te han hecho falsos informes, pues es un hombre justo que enseña al pueblo la palabra de Dios. Tras haberle interrogado le despedimos y pudo irse en paz".
Entonces el Gobernador se enfureció y envió junto a Issa a sus criados disfrazados, para que pudieran vigilar todas sus acciones e informar a las autoridades de la menos palabra que éste dirigiera al pueblo. Entre tanto, el santo Issa siguió visitando las ciudades vecinas, predicando los caminos auténticos del Creador, exhortando a los hebreos a tener paciencia y prometiéndoles una rápida liberación.
Durante todo ese tiempo, muchas personas lo siguieron donde quiera que fuese, varias de ellas no dejándole nunca, sino convirtiéndose en sus servidores. E Issa fijo: "No creáis en milagros hechos por la mano del hombre, pues sólo aquel que domina sobre la naturaleza es capaz de hacer lo que es sobrenatural, mientras el hombre no tiene poder para detener la cólera de los vientos o extender la lluvia. Sin embargo hay un milagro que el hombre puede realizar. Es cuando, lleno de creencia sincera, decide desenraizar de su corazón todos los malos pensamientos, y cuando alcanza su fin, termina en los caminos de la iniquidad. Y todas las cosas que se hacen sin Dios no son más que errores, seducciones y encantamientos, que sólo demuestran hasta qué punto el alma que practica este arte está llena de desvergüenza, falsedad e impureza. No pongáis vuestra fe en los oráculos; sólo Dios conoce el futuro: el que recurre a adivinadores profana el templo que tiene en su corazón y da una prueba de desconfianza hacia su creador. la fe en los adivinadores y sus oráculos destruye la simplicidad innata del hombre y su pureza infantil. un poder infernal toma posesión de él, obligándole a cometer todo tipo de crímenes y a venerar a ídolos. Mientras el Señor, nuestro Dios, que no tiene igual, es uno, todopoderoso, omnisciente y omnipresente. ÉL es el que posee toda la sabiduría y toda la luz. Es a ÉL a quien tenéis que dirigiros para consolaros en vuestras penas, para ser ayudados en vuestros trabajos y curados en vuestra enfermedad. Quien recurra a ÉL, no será negado. El secreto de la naturaleza está en las manos de Dios. Pues el mundo, antes de que apareciera, existía en la profundidad del pensamiento divino; se hizo material y visible por la voluntad del Supremo. Cuando os dirigís a ÉL os volvéis de nuevo como los niños; pues no conocéis ni el pasado, ni el presente ni el futuro, y Dios es el maestro de todos los tiempos".
Capítulo XII
"Maestro justo", le dijo uno de los espías del Gobernador de Jerusalén, "dinos si hemos de cumplir la voluntad de nuestro César o esperar nuestra pronta liberación". Pero Issa, reconociéndoles como la gente designada para seguirle, contestó: "No he dicho que vayáis a ser liberados del César. es el alma sumergida en el error la que será liberada. Así como no puede haber familia sin una cabeza, no puede haber orden en un pueblo sin un César, a él se le debe obediencia implícita, y sólo él responderá de sus actos ante el Tribunal Supremo."
"Posee César un derecho divino?", le preguntaron de nuevo los espías. "¿Y es el mejor de los mortales?" E Issa contestó: "No debe haber mejores entre los hombres, pero están también los que sufren, a quienes deben cuidar los que fueron elegidos y encargados de esa misión, utilizando los medios conferidos por la Ley sagrada de Nuestro Padre Celestial. la Piedad y la Justicia son los atributos superiores de César; su nombre será ilustre si se adhiere a ellas. Pero el que actúa de otro modo, quien se excede de límite de poder que tiene sobre sus subordinados, llegando a poner sus vidas en peligro, ofende al Gran Juez y pierde su dignidad ante la vista de los hombres".
En ese momento, una anciana que se había aproximado al grupo para oír mejor a Issa, fue apartada por uno de los espías, colocándose delante de ella. Entonces Issa dijo: "Un hijo no debe apartar a su madre, ocupando su lugar. Quien no respeta a su madre, el ser más sagrado después de su Dios, es indigno del nombre de hijo. Escuchad entonces lo que os digo: respetad a la mujer, pues ella es la madre del universo y toda la verdad de la creación divina está con ella. Ella es la base de todo lo que es bueno y hermoso, como también el germen de la vida y la muerte. De ella depende la existencia entera del hombre, pues ella es su apoyo natural y moral. Ella os parió en medio del sufrimiento. Con el sudor de su frente os crió, y hasta su muerte vosotros le causáis las más graves ansiedades. Bendecidla y veneradla, pues es vuestro amigo, vuestro único apoyo en la tierra. Respetadla, sostenedla. Actuando así os ganaréis su amor y su corazón. encontraréis favor a la vista de Dios y muchos pecados os serán perdonados. Del mismo modo amad a vuestras esposas y respetadlas, pues ellas serán madres mañana y cada una posteriormente la antepasada de una raza. Sed lenientes con la mujer. Su amor ennoblece al hombre, suaviza su corazón endurecido, domestica al bruto que hay en él y hace de él un cordero. la esposa y la madre son los tesoros inapreciables que os ha dado Dios. Son los más bellos ornamentos de la existencia, y de ellos nacerán todos los habitantes del mundo. Así como el dios de los ejércitos separó antiguamente la luz de la oscuridad y la tierra de las aguas, la mujer posee la facultad divina de separar en un hombre las buenas intenciones de los malos pensamientos. Por tanto os digo, después de Dios vuestros mejores pensamientos deben pertenecer a las mujeres y a las esposas, siendo la mujer para vosotros el templo donde obtendréis la felicidad más perfecta. Imbuiros en este templo con fuerza moral. Aquí olvidaréis vuestras penas y vuestros fracasos y recuperaréis la energía necesaria para poder ayudar a vuestro prójimo. No la expongáis a la humillación. Actuando así os humillaréis a vosotros mismos y perderéis el sentimiento del amor, sin el cual nada existe aquí abajo. proteged a vuestra esposa para que ella pueda protegeros a vosotros y a vuestra familia. Todo lo que hagáis por vuestra esposa, vuestra madre, por una viuda o por cualquier mujer en tribulación, lo haréis por vuestro Dios".
Capítulo XIII
El Santo Issa enseñó así al pueblo de Israel durante tres años, en todas las ciudades, en todos los pueblos, en los lados de los caminos y en las llanuras; y todo lo que él había predicho terminó pasando. Durante todo ese tiempo, los criados de Pilatos disfrazados le vigilaron de cerca sin oír nada semejante a los informes hechos contra Issa en años anteriores por los jefes de las ciudades.
Pero el Gobernador Pilatos, alarmándose por la gran popularidad del santo Issa, quien según sus adversarios trataba de mover al pueblo para proclamarse rey, ordenó a uno de sus espías que le acusara. Entonces mandaron soldados para arrestarle, y le encarcelaron en una celda subterránea en donde le torturaron de diversos modos con la esperanza de obligarle a hacer una confesión que permitiera condenarle a muerte.
El santo, pensando sólo en la beatitud perfecta de sus hermanos, soportó los sufrimientos en el nombre de su Creador. Los criados de Pilatos siguieron torturándole y lo redujeron a un estado de debilidad extrema; pero Dios estaba con ÉL y no le permitió morir. Conociendo los sufrimientos y las torturas que estaba soportando su santo, los Sumos Sacerdotes y los ancianos sabios fueron a pedir al Gobernador que dejara en libertad a Issa en honor de una fiesta próxima.
Pero el gobernador se negó de redondo a hacerlo. Entonces le rogaron que permitiera a Issa presentarse ante el tribunal de los Ancianos para que fuera condenado o libertado antes de la fiesta, y a eso consintió Pilatos.
Al día siguiente, el Gobernador reunió a los principales capitanes, sacerdotes, ancianos y abogados para que pudieran juzgar a Issa. Le llevaron allí desde su prisión y le sentaron ante el Gobernador entre dos ladrones que iban a ser juzgados al mismo tiempo que ÉL, para demostrar a las masas que no sería el único condenado.
Y Pilatos, dirigiéndose a Issa, le dijo: "¡Oh, hombre! ¿Es cierto que incitas al pueblo en contra de las autoridades, en la intención de convertirte en Rey de Israel?" E Issa contestó: "Nadie se convierte en Rey por su propia voluntad, y han mentido los que te hayan dicho que yo incito al pueblo a la rebelión. Nunca he hablado de otro que del rey del Cielo, y a él enseño al pueblo a venerar. Pues los hijos de Israel han perdido su pureza virginal; y si no recurren la verdadero Dios, serán sacrificados y su templo caerá en ruinas. Como el poder temporal mantiene el orden en un país, les enseño a no olvidarlo. Les digo: "Vivid conforme a vuestra posición y vuestra fortuna, para no perturbar el orden público". y les he exhortado también a recordar que el desorden reina en sus corazones y en sus mentes. Por eso el Rey del Cielo les ha castigado y suprimido sus reyes nacionales. Sin embargo les he dicho: "Si os resignáis a vuestro destino, como recompensa el Reino os será reservado".
En ese momento los testigos se adelantaron, y uno de ellos dijo lo siguiente: "Tú has dicho al pueblo que el poder temporal no es nada frente al rey que pronto gobernará a los israelitas del yugo pagano". E Issa contestó: "Bendito seas por haber dicho la verdad. El Rey del Cielo es mayor y más poderoso que la ley terrena y su Reino sobrepasa todos los reinos de la Tierra. Y no está lejano el tiempo en que, conforme a la voluntad divina, el pueblo de Israel se purificará de sus pecados; pues se ha dicho que un precursor vendrá para proclamar la liberación del pueblo reuniéndolos en un sólo grupo".
Y el Gobernador, dirigiéndose a los jueces, dijo: "¿habéis oído? El israelita Issa confiesa el crimen del que es acusado. juzgadlo entonces de acuerdo con vuestras leyes y pronunciad contra él la pena capital". Y los sacerdotes contestaron: "No podemos condenarle. Tú mismo has oído que sus alusiones están hechas con respecto al rey del Cielo y que no ha predicado nada a los hijos de Israel que pueda constituir una ofensa contra la ley".
El Gobernador Pilatos envió entonces a por el testigo que, a instigación suya, había traicionado a Issa. El hombre se adelantó y se dirigió a Issa así: "No te presentaste como rey de Israel cuando dijiste que aquél que reina en los cielos te ha enviado para preparar a su pueblo?"
E Issa, tras bendecirle, dijo: "¡Serás perdonado por que lo que dices no proviene de tí!", entonces añadió dirigiéndose al Gobernador: "¿Por qué humillas tu dignidad y por qué enseñas a tus inferiores a vivir en falsedad, puesto que tienes poder para condenar al inocente?"
Ante estas palabras el Gobernador se volvió muy colérico, ordenando que se condenara a muerte a Issa y se libertara a los dos ladrones. Los jueces, tras consultar entre ellos, dijeron a Pilatos: "No queremos sobre nuestras cabezas el peso de condenar a un inocente y liberar a unos ladrones. eso iría en contra de la ley. haz lo que quieras".
Tras decir eso, los sacerdotes y los ancianos se fueron y se lavaron las manos en un recipiente sagrado, diciendo: "Somos inocentes de la muerte de este hombre justo".
Capítulo XIV
Por orden del Gobernador, los soldados tomaron entonces a Issa y a los dos ladrones, a quienes habían llevado al lugar de la ejecución, donde les clavaron a cruces levantadas sobre el suelo. Durante todo el día los cuerpos de Issa y los dos ladrones permanecieron suspendidos, lo que era terrible contemplar, bajo la guardia de los soldados. las gentes estaban alrededor, los parientes de los que sufrían rezaban y lloraban.
Con la puesta del sol los sufrimientos de Issa terminaron. Perdió la conciencia, y el alma de este hombre justo abandonó su cuerpo para ser absorbida por la divinidad. Así terminó la existencia terrenal del reflejo del espíritu Eterno bajo la forma de un hombre que había salvado a pecadores endurecidos y soportado muchos sufrimientos.
Entre tanto, Pilatos, temeroso de su acción de el cuerpo del santo a sus padres, quienes lo enterraron cerca del lugar de su ejecución. Las masas fueron a rezar sobre su tumba y el aire estaba lleno de gemidos y lamentaciones.
Tres días después, el Gobernador envió a sus soldados a que se llevaran el cuerpo de Issa para enterrarlo en otro lugar, temiendo que de otro modo se produjera una insurrección popular.
Al día siguiente, las masas encontraron la tumba abierta y vacía. Enseguida se extendió el rumor de que el Juez Supremo había enviado a sus ángeles para que se llevaran los restos mortuorios del santo en el que habitaba en la tierra una parte del Espíritu Divino.
Cuando este rumor llegó a conocimiento de Pilatos, se encolerizó y condenó, bajo pena de esclavitud y muerte, a cualquiera que pronunciara el nombre de Issa o rezara al Señor por ÉL. Pero la gente siguió llorando y glorificando en voz alta a su maestro; por eso muchos fueron llevados en cautividad, sometidos a tortura y condenados a muerte.
Los discípulos del santo Issa abandonaron la tierra de Israel y se esparcieron entre los paganos, predicando que debían renunciar a sus errores, hablándoles de la salvación de sus almas y de la felicidad perfecta que espera a la humanidad en el mundo inmaterial de luz en donde, en reposo y en toda su pureza, el Gran Creador habita en perfecta majestad.
Los paganos, sus reyes y sus guerreros escucharon a los predicadores, abandonaron sus antiguas creencias y olvidaron a sus sacerdotes y a sus ídolos para celebrar la alabanza del Creador del Universo que todo lo sabe, el Rey de Reyes, cuyo corazón está lleno de infinita piedad.

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